sábado, octubre 13

Para llegar al ph de mis amigos en la calle Maza hay que pasar por la entrada de un garage. En una de las paredes, instalado en un nicho, sentado en la postura de flor de loto hay un Buda. No es de piedra, parece hecho de cemento pintado. Dorado, como todos los budas mira al frente con los párpados bajos y tiene las manos apoyadas en la falda. En las palmas ahuecadas alguien le había dejado unas hojas verdes hoy cuando pasé, por lo que su expresión siempre inasible parecía transmitir agradecimiento.
Hace mucho que paso por esta entrada pero recién lo vi hace unos días, disimulado entre en las sombras.
Y hoy mientras miraba de nuevo la estatua pensé en las grutas del Puente del Inca en Mendoza. En las celdas que construyeron hace muchos años, talladas en la piedra de la montaña para albergar a los visitantes que desearan recurrir a los poderes medicinales del agua del río que cruza el Puente. La entrada del garage encomendada desde lejos al Buda cobra un aire a templo excavado, como si las rampas por las que suben al primer piso los autos, o bajan al subsuelo, fueran pasillos que conducirían a los visitantes a las cámaras interiores, para llegar a las cuáles fuera un hábito detenerse unos segundos frente a la imagen antes de seguir camino. 
Pero sobre todo pense en E.T. En un viejo juego de Atari, la consola a la que jugábamos con mis amigos cuando éramos chicos en los '80. En realidad, nunca pudimos jugarlo. Nunca llegamos a entender qué teníamos que hacer, cuál era nuestra misión, el motivo por el cuál al introducir el cartucho en la máquina y apretar la tecla de encendido nos quedábmos frente a un monigote de píxeles que representaban al extraterrestre y al que podíamos manejar con nuestro joystick. Pero aunque lo hacíamos caminar por las interminables pantallas del juego, y visitar los escenarios despojados y minimalistas, las habitaciones vacías, la infinita desolación de un mundo en el que, increíblemente, no parecía existir otra forma de vida más que nosotros, nunca logramos extraer ningún sentido de ese penoso deambular. A veces ocurría un milagro y en medio de la nada surgía una flor sobre la que inmediatamente hacíamos avanzar a nuestro personaje hasta ponerlo a su lado, para apretar el botón del joystick con la secreta esperanza de que algún mecanismo se activara y finalmente las conexiones invisibles que ordenaban el funcionamiento del juego pusieran en marcha ese mundo inherte. Tal vez la flor fuera la encargada de romper el hechizo. Tal vez lo conseguiríamos si realizábamos cierta combinación de movimientos y botones. Pero si esa combinación existía, nunca la encontramos. 
Es muy difícil contemplar al Buda del garage. Los breves lapsos de silencio que permiten acercarse a él se ven interrumpidos por los autos que suben y bajan de las rampas. Mientras me detenía en los rasgos apacibles de su sonrisa, sonaba una y otra vez la chicharra que alertaba sobre la salida de otro auto y, básicamente, advertía que lo mejor era mantenerse lejos de la entrada, la estatua y todo pensamiento que nos impidiera seguir con atención el ritmo del tráfico. 
Mientras me iba me acordé de las leyendas que se cuentan en la web sobre aquél juego de E.T. Dicen que marcó el inicio de la decadencia del imperio ATARI en la industria de los videojuegos. Su programador recibió una pequeña fortuna por haberlo terminado él solo en tiempo récord antes de la Navidad. Pero la confusión y el desecanto cundieron entre los niños. Millones de copias fueron vendidas, pero muchas más acabaron acumuladas en los depósitos de la empresa. Dicen que varios containers de cartuchos fueron enterrados en el desierto de Arizona años después, mientras la empresa intentaba sin éxito relanzar el negocio. 

miércoles, octubre 10


Hoy me vine a regar las plantas a la terraza de unos amigos. Se fueron a San Pablo, a la Bienal. Y me parece que me voy a quedar a dormir en su ph al fondo de Almagro-Caballito, cerca de Las Violetas. Hay una biblioteca llena de libros de arte que hace mucho tenía ganas de hojear, y apenas llegué abrí un libro de fotos de una editorial neoyorquina de 1960, y seguí el hilo de las estrellas de cine antologadas bajo el leit-motiv de las vampiresas. Una colección de divas de la era dorada de Hollywood, de Theda Bara a Marylin Monroe, un muestrario de primeros planos que en realidad no es un homenaje, ahora que lo pienso, ni una colección de grandes hitos de la belleza, porque eso sería como decir que las fotos -sus miradas enormes y desafiantes, los vestidos de fantasía, su aire de última gala antes de la catástrofe- provienen de un tiempo ya superado, a la manera en que los tomos de Taschen fueron parcelando la historia del arte y la herencia visual de la humanidad. Pero este álbum es más relajado. Es un saludo amistoso, apenas burlón. Mezcla fotos de mujeres fatales y caricaturas de hombres embobados, zonzos de sombrero y nariz enrojecida que se se deprimen aferrados a una botella de whisky, perdidos en la niebla a los pies de las actrices. Y a Marylin se la ve espléndida en las fotos en las que iba a pasar a la posteridad. No es un monumento o una recopilación de grandes éxitos. No es una muestra reunida en un museo de arte contemporáneo ni un archivo gestionado por un curador especialista en iconografía popular. Hay nostalgia, sí, pero es el primer año de la década de 1960, en el inicio de años prolíficos en tragedias y leyendas, y el libro trasunta un aura angelical, cierta paz y hasta confianza en la certeza de que el tiempo seguirá su marcha, y tal vez haya dificultades, turbulencias y momentos difíciles, pero estamos, de todos modos, impulsados por brisas favorables, y aunque el mundo cambie -y las mismas fotos dan testimonio de que cambiará abarcando desde las primeras y pálidas protagonistas del cine mudo hasta las pulposas chicas pin-up de los '50-, de todos modos hay algo indudable, y es que más allá podemos entrever una misma senda por recorrer al amparo de la industria, el capitalismo, Hollywood, la televisión, los sueños de un mundo mejor. Esa misma tranquilidad que desprendía la canción al final de Dr. Strangelove mientras la bomba atómica detonaba lentamente sobre Washington y entre las nubes de polvo y humo la película terminaba con el estribillo: "We'll meet again/ some sunny day/ don't know where/ Don't know when".

(to be continued...)

domingo, octubre 7

Hace unos días conocí a un hombre que me contó que su papá quiso bautizarlo Perón, de nombre. Pero no lo dejaron. Estaba en los molinetes del subte en 9 de julio cuando los empujé y lo vi tanteándolos del otro lado con un bastón. Era un señor mayor, ciego, vestido con un saco gris al que me acerqué a preguntarle si necesitaba ayuda. Me dijo que iba a tomar la línea C, así que enfilamos para ese lado y mientras caminábamos -y yo pensaba si lo iba a acompañar hasta el final de la hilera de túneles que teníamos a atravesar- le pregunté adónde iba. Iba a Banfield y hubiera tomado el colectivo pero estaba lloviendo. Cada vez que hablaba se reía un poco, y cuando cruzábamos el primer andén para llegar al acceso a la C, me hizo un chiste muy inocente sobre la estación, a la que no pensaba volver hasta el año que viene, el 9 de julio. Terminamos hablando del feriado del lunes y como no sabíamos qué se conmemoraba me dijo que el cumpleaños de Perón. El 8 de octubre. También era un chiste y se río. Le pregunté si era peronista. Yo no, mi papá, dijo. Y me habló de su bautismo fallido. Y de su hermana a la que sí habían podido inscribir como Evita, en diminutivo, aunque hubo que hacer un juicio justo en los días en que Eva Duarte moría, en el '52. El tema salió en los diarios, parece. Él había nacido en el '45, el 16 de octubre, el día en que la policía levantó los puentes para que no cruzaran los trabajadores del Sur que querían marchar a Plaza de Mayo para apoyar a Perón. Su papá estaba con el General ese día porque era de la guardia personal; trabajó con él hasta el '55. Ya habíamos llegado al andén de la C cuando llegaba un subte. Me aseguré que fuera la dirección a Retiro, adonde iba, y nos despedímos entre la gente agolpada frente a la puerta. Mientras se perdía en la muchedumbre le pregunté cómo se llamaba. No Perón, me dijo, Guillermo, y se rió de nuevo. Me volví pensando en las casualidades. Y ahora que lo escribo me acuerdo de Burroughs, cuando decía que a pesar de lo que indica el sentido común, la mejor manera de conocer a alguien no es escuchándolo sino hablándole.
Hoy pensé en un poema que me dieron ganas de escribir hace un tiempo. Iba a ser una visión panorámica hecha de recuerdos de mis primeros años de televisión. Retazos de imágenes, escenas perdidas en el inconsciente, acumuladas desde la infancia más remota y sedimentadas, de un modo u otro, en el algún lugar de la memoria. Flashes entrevistos, surgidos al pasar en el rabillo de una atención desenfocada -la mía-, intervenida y prolongada a través de una cadena de asociaciones rota cuyos fragmentos perduran en los recovecos de nuestras mentes, conectadas desde hace años a las usinas audiovisuales de un mundo que no para de disgregarse en dimensiones paralelas, en universos a los que, sin saberlo, quedamos vinculados a través de imágenes por las que sentimos una nostalgia casi siempre imperceptible. Hasta que un día volvemos a pensar en un mono vestido de marinero; lo vemos asomarse a la ventanilla de un camión mientras se ríe y saluda al chófer y ambos surcan la inmensidad de las rutas estadounidenses. Atardece. Una abejita de pelos naranjas y enrulados baila can can rodeada de palmeras de utilería. De la oscuridad emergen las siluetas de un grupo de hombres vestidos de saco y corbata; un reflector los sigue hasta una mesa. Se sientan. En medio de un bosque un grupo de personas -llevan máscaras venecianas, lucen agotados- avanzan a tientas entre la niebla, los árboles secos y la hojarasca. Una familia de sobrevivientes se levanta bajo la lluvia en el banco de arena en que acaba de encallar su barco, libres por fin del asesino trastornado que los tuvo de rehénes hasta hace unos instantes. Son bultos acurrucados en la noche, parecen animales detenidos por el miedo, o seres esponjosos adheridos a las rocas de un planeta hóstil y venenoso. Es por unos segundos una escena confusa y siniestra hasta que los espasmos de miedo de sus cuerpos empiezan a dominarse, terminan por devolverles su fisonomía humana y disipan el manto ominoso que los cubre, un manto que, sin embargo, queda flotando en la pantalla mientras aparecen los títulos y la película se disuelve para siempre en el magma de la transmisión.
Los arquetipos de Jung puestos a hibernar en un limbo de recuerdos y desecho audiovisual.


  • Hoy me compré la 2da edición de la Revolución Cultural en la Argentina, del sociólogo mendocino Abelardo Pithod (Cruz y Fierro Editores, 1977). Era, además, investigador del Conicet. Estaba muy preocupado por la difusión de ideas subversivas en los medios masivos. Demasiados rumores sobre el fin de la familia, la vida en comunas, la "homosexualidad", el freudo-marxismo, Silo, el yoga, la teosofía, el nietzcheanismo, la Teología de la Liberación. "La historia es un misterio teológico", dice; y más adelante: "Por eso, nosotros siendo fieles, seremos los verdaderos revolucionarios, los revolucionarios de la única revolución que ha existido, de la única posible, la que hizo Dios mismo en la persona de su Hijo, el Cristo, Jesús. Avancemos, pues, confiados por el único camino de la meta-historia, el camino de la Redención que tiene un final en forma de Cruz, final difícil de aceptar, lo reconocemos, locura para los griegos, escándalo para los judíos, locura y escándalo en los que no cejaremos de gloriarnos".

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sábado, octubre 6

Hoy estuve hojeando el Diario de Andrés Fava, de Cortázar. Repasé las notas dispersas sobre Buenos Aires hacia 1950, los retazos de momentos señalados en coordenadas precisas, del comedor de la YMCA a la Costanera, los paseos hasta el río entre amigos y charlas sobre jazz y poesía francesa, Plaza Once y, sobre todo, el glosario de puertas cancel y zaguanes que no aparecen tanto en estas páginas pero a mí siempre me hicieron acordar a  Cortázar, su manera de nombrar a Buenos Aires con detalles de los que parecía estar despidiéndose, un poco como en las callecitas de Borges, con sus patios, parras y paredones, pero sin la pretensión de fundar mitologías. El Diario..., justo antes de su viaje a Europa, es pura nostalgia anticipada. Empezaba una nueva vida, y en ese paneo por la ciudad, que es apenas un puñado de lugares donde se tejen charlas y citas, todo se tiñe de una vaga sensación de tedio. Y la sensación acaba repelida -o lo aspira, al menos-  a través de poemas y conciertos de música, y de la mirada fija en momentos que empiezan a pasar de largo. Todo parece estar a punto de entrar en el pasado. Y de ahí, la impresión -que siempre me transmitieron los cuentos y novelas de Cortázar-, de hacer excursiones por Buenos Aires como si estuvieran subiéndose a una máquina del tiempo, siempre llegando desde algún lugar lejano a recobrar instantes fugaces, en los que se sumergen para reponer el brillo de boxeadores entrañables y de sus fans que estrujan paquetes de cigarrillos pegados a la radio; o la fisonomía de familias disfuncionales, encerradas en viejas casonas de barrio, aisladas del transcurrir del mundo. Es el pasado, la corrosión del tiempo que desgasta las cosas, cubriéndolas de un barniz amarillento o fijándolas, condenándolas a vivir una existencia anacrónica. Buenos Aires es, finalmente, ese lugar antiguo, pasado de moda, habitado por personas que no terminan de entender lo que pasa en el mundo, desfasados de los cambios y alejados de los acontecimientos de su época. Es el hilo más o menos visible que une a los personajes de Cortázar, desde los hermanos recluidos de Casa Tomada hasta Traveler el amigo porteño de Horacio, soñador atrapado en Buenos Aires, de Rayuela, o las señoras de familia y los funcionarios del correo, enemigos de los cronopios, a los que enfrentan en una guerra fría de baja intensidad. Recortes contra el fondo de un tiempo envejecido. Postales gastadas en un cajón o guardadas en un libro poco frecuentado. Pero Cortázar mira esa Buenos Aires con amor, respeto, reverencia y complicidad. En el Diario de Andrés Fava habla de su adolescencia:

"era el fin del cine mudo, Mussolini, Romain Rolland, el hundimiento del Mafalda, Cocteau, Milosz, el 6 de septiembre, Uriburu, la Legión Cívica, Hitler, Soy un fugitivo, Federico, Michaux, Sur, Klemperer, el ensanche de Corrientes (vago recuerdo de sus cines "realistas" en larguísimos zaguanes, con películas borrosas donde sátiros de flequillo y cuello duro corrían a pobres señoritas estúpidas por habitaciones absolutamente bric-à-brac), el subte Lacroze, prodigio de las escaleras mecánicas, expedición descubridora con los camaradas de cuarto año, el tramo Canning Dorrego, el vértigo de la panza del Maldonado... El Graf Zeppelin, Gene Tunney, Gertrude Ederle, Ramón Novarro, Tito Schipa, Lily Pons, el príncipe de Gales, Roura..."


jueves, octubre 4

Hoy pasé por lo de mi mamá. Comimos algo al mediodía, rápido, mientras ella atendía unas llamadas y yo chequeaba mails. Después me quedé leyendo el último libro de Greil Marcus -por lo menos el último editado acá- El basurero de la historia, que es una antología de ensayos sobre las maneras en que las bandas de rock, y los movimientos revolucionarios y las pinturas del paleolítico tardío, y personajes de novelas como Ignatius Reilly, todos tienden a disolverse en el transcurrir del tiempo, hasta convertirse en fenómenos inaudibles, olvidados o recordados por motivos falsos. Un libro sobre los malentendidos y perplejidades de un crítico de rock frente a la lenta, progresiva e imparable degradación de las leyendas en rumores, su devenir susurros o papeles amarillos. Apuntes para una teoría del olvido en la era de los medios masivos. Los intersticios del mundo por los que huye el sentido de nombres ya impronunciables.
Pensé en Luca Prodan. En la biopic que estrenaron hace unos años, en la sucesión de anécdotas con las que intentaban transmitir su lado genial de payaso sabio o borracho terminal, mediante testimonios de amigos y amantes. En la entrevista al dealer que le vendió la heroína introducida en la película justo después de narrar el suicidio de su hermana y de contar que el mismo Luca había sido su primer mentor en el mundo de las drogas. Luca trastabillando en el subte, entonando viejas canzonettas italianas. Ya no recuerdo los detalles, pero sí una impresión: la de estar viendo un intento por desnudar al ser humano detrás del mito, pero un intento tan fanático que dejaba tirado al personaje en una zanja. Un intento que lo reducía a un puñado de escenas dotadas de un aire a verdad implacable; buenas intenciones pero fascinadas por el patetismo, desesperadas por mostrar algo crudo y creíble, aunque para lograrlo hubiera que entrevistar hasta al kiosquero que una vez lo vio fisurar sentado en el cordón de una vereda. O contarle las costillas ayudados por una foto de sus últimos días atesorada por una de sus novias más efímeras.
No estaba mal de por sí. El mismo Greil Marcus desmonta en unos cuántos párrafos la farsa involuntaria en la que se transformó el misticismo juvenil de los poetas beatniks. Pero también los rescata de ese basurero de la historia en el que los percibe a punto de caer, mientras recuerda a Allen Ginsberg, en su frágil condición de "gay, judío, zurdo y anarquista", y sobre todo a su poema "América", esa nueva declaración de independencia: "Y si los beats no hicieron más que montar el escenario" - hecho de amistad, cariño y complicidad, como dirá más adelante - "para que una obra así pudiera aparecer, casi cualquier tributo a estas almas rebeldes y vanidosas estaría justificado".
Y sin esa fe en un brillo posible, sin la certeza de estar rescatando del olvido momentos valiosos, y sin la capacidad para volverlos otra vez relevantes, los regresos al pasado tienden, lo sepan o no, y aunque no les guste, al cinismo.
Y, en realidad, este es uno de los temas preferidos de Los Simpsons.

miércoles, octubre 3


Despedida
                                                                                ...el caso no ofrece
                        ningún adorno para la diadema de las Musas.
                                                                                               Ezra Pound


Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano,
mi sombra que solía hablarme en voz baja.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
camino conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.
Me despido de una muchacha
cuya cara suelo ver en sueños
iluminada por la triste mirada de linternas
de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto-

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

De "El árbol de la memoria" 1961 - Jorge Teillier

lunes, octubre 1

Hoy voy a dar mi primera clase. ¿Para qué mirar obras de arte tecnológico?, esa sería la pregunta de la que voy a hablar. ¿Qué dicen las obras del arte, la tecnología y el mundo?, ese sería el eje de todo el taller. Hoy vamos a ver obras del futurismo y el dadaísmo.

*

Ayer pregunté por un amigo al que hace mucho que no veo. Está en un partido guevarista, me dijeron.

jueves, septiembre 27


  • Me puse a leer una una historia de la contracultura juvenil ("De la emancipación a los indignados", Hugo E. Biagini, 2012) y en una nota al pie encontré un libro sobre la "Revolución cultural en la Argentina" (Abelardo Pithod, 1974). Terminé leyendo la entrada de wikipedia del filósofo nacionalista Jordán Bruno Genta asesinado justo en 1974 -y supuestamente- por el ERP-22 de Agosto, que era una fracción del ERP que se separó de la conducción de Santucho por el tema de seguir atacando al "régimen burgués" a pesar de las elecciones del año anterior en las que había ganado el peronismo. El 22 de Agosto proponía un impasse, en sintonía con Montoneros. Como sea, Pithod publicó ese año el libro sobre la "Revolución cultural" que, a pesar del título, parece que es una denuncia de las desviaciones ideológicas y extranjeras introducidas en el país por agentes del Lado Oscuro de la Fuerza. Lo busqué a Pithod en Google. Es doctor en sociología en la Sorbona. Escribió una nota, hace un tiempo, recordando a un amigo suyo, Carlos Alberto Sacheri, también asesinado -aparentemente- por el ERP-22 de Agosto en 1974. Sacheri era un escritor y filósofo católico como Genta. Era discípulo de Julio Meinvielle, estudioso del tomismo, militante anti-comunista, enfrentado a la teología de la liberación. En la nota que encontré en Internet Pithod recuerda a su amigo Sacheri, más de treinta años después. La nota se titula "El amigo asesinado". Incluye citas a un poema de Miguel Hernández y a Benedicto XVI (": La gracia no excluye la justicia. No convierte la injusticia en derecho"). Además de recordar a Sacheri como una "victima sacrificial", le dedica unas palabras a sus asesinos: "¿No hay perdón para ellos? Por cierto, pero si se arrepienten de su maldad y, de algún modo, la reparan. No es lo que estamos viendo hoy, pues aquellos enemigos de Sacheri, nuestros enemigos también, cuyas manos están directa o indirectamente teñidas de sangre, se pasean pavoneándose por los meandros del poder kirchnerista".

    Yo quería algún dato sobre los fanzines post-hippies de Parque Centenario circa 1973. Y terminé en el Ministerio de Derechos Humanos.

    Al final, me voy a comprar el libro de Pithod de 1974. La Revolución Cultural en la Argentina. Está a 20$ en Mercado Libre. Y en la tapa aparecen unos tipos con el cerebro enchufado a un televisor.

    La contratapa es muy buena:

    " por primera vez en la Argentina se denuncia seria, objetiva y científicamente —sobre la base documental de revistas de consumo masivo— la común pero poco conocida alianza existente, en los medios de comunicación de masa, entre la derecha plutocrática y la izquierda cultural marxista. Guiados por el agudo escalpelo del autor, asistimos deslumhrados al desmontaje y desarme de la máquina revolucionaria, mientras van apareciendo a plena luz los mecanismos del proceso de "cambio"; los instrumentos psicológicos para la "concientización"; las teorías antropológicas de la "liberación" y, finalmente, la estrategia y táctica de la satánica entente entre FREUDISMO, MARXISMO y PROGRESISMO CRISTIANO, adunados para violentar la naturaleza humana y reemplazarla por el Hombre antinatural y anticristiano de la Revolución Total, cuyo Caudillo, según la frase ignaciana, es aquel "mortal enemigo de nuestra humana natura", que "fue homicida desde el principio" (Jo. 8,44)".

    Hoy me cuesta concentrarme.
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martes, septiembre 25

"Si esto te parece una utopía, te pediría que consideres los motivos por los que esto es una utopía" (Bertolt Brecht)

miércoles, septiembre 19


34  19.09.1215:43
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ramon78
En paises medianamente serios la libertad y los derechos individuales terminan donde empiezan los de tu projimo.

lunes, septiembre 17


"Tecnopoéticas argentinas. Archivo blando de arte y tecnología", Caja Negra, en breve en librerías

domingo, septiembre 16


‎"ANSELMO PEDRO CHIAPPE10 de abril de 2012 10:12
HABIA UNA CHICA EN EL 1656 PB A LA CALLE , QUE SE LLAMABA SUSANA Y TENIA UN
HERMANO DE NOMBRE JORGE CREO QUE BAIMAN EL APELLIDO, COMO ME GUSTABA CREO QUE ESTABA ENAMORADO...

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  • Marina Mariasch le gusta esto.
  • Carlos Gradin "El Pasaje Seaver, con su mezcla de conventillos, departamentos de variados estilos, petit hoteles, un atelier y una boîte, preferido por escritores y artistas por ser uno de los pocos rincones con atmósfera propia, rompía la monotonía de la ciudad con una escalera que terminaba en una plazoleta ; pero cayó bajo la piqueta para prolongar una ruta automovilística" J. J. Sebreli - Buenos Aires, alienación y vida cotidiana