miércoles, mayo 16

Había una vez una princesa que se llamaba Europa

“… los símbolos de la filosofía se han derrumbado…”

Adorno, 1931. El artículo se titula “Actualidad de la filosofía” y es, en realidad, una conferencia. Adorno la leyó en la Facultad de Filosofía de Frankfurt en su primer día como profesor. Marcas de estilo: Adorno describe un derrumbe con la precisión y frialdad de un cirujano. Ahí quedan en coma la fenomenología, el neo-kantismo, Heidegger, la filosofía de la vida y alguno más. En dos o tres páginas se llenó de cadáveres el escenario. Lo mismo decía Benjamin de las obras de teatro del barroco. Estaban saturadas de crímenes y de cuerpos destrozados, con un dudoso sentido del buen gusto. Lo paradójico era que así y todo los barrocos pretendían recomponer el antiguo arte de la tragedia, reinventar a los oráculos griegos usando las partes de un presente europeo atravesado por la guerra (circa s. XVII). Da para una lectura de Frankenstein. En todo caso, el barroco, vía Benjamin, es la marca de una crisis histórica. La época tal vez no lo supiera, pero estaba procesando una experiencia, una serie de conflictos y limitaciones que la llevaron a inventar un nuevo género, un teatro histórico, aunque los dramaturgos se creyeran los paladines de la “tragedia clásica”, aunque siguieran al pie de la letras las instrucciones de Aristóteles.

Y a todo esto, Adorno en 1931 sería como un barroco (digamos…). El más lúcido de todos. Inmerso en esa debacle logra pararse a un costado. Llega a ver la historia de la filosofía del siglo XIX como el intento, tal vez desesperado, de recomponer una totalidad, de hacer visible “… la adecuación del pensamiento al Ser”. Está la crisis, la pregunta sería qué hacer, y la respuesta de Adorno es atacar todos los intentos de resolver este problema: “Quien hoy elija por oficio el trabajo filosófico, ha de renunciar desde el comienzo mismo a la ilusión con que antes arrancaban los proyectos filosóficos: la de que sería posible aferrar la totalidad de lo real por la fuerza del pensamiento”.

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Esta era la clase inaugural. Una vez vi una película en el cable, aparecía un productor de cine. Decía que para tener éxito una película tenía que empezar con un terremoto- de ahí en más, ir in crescendo. Susan Buck-Morss en su historia de la Escuela de Frankfurt, se pasa más de doscientas páginas llendo y viniendo de esta primera clase. Rastrea conceptos que, treinta años después, se transforman en artículos o libros. Dicho esto, sorprende más todavía la sobriedad de Adorno. Al fin y al cabo, está metido en una “polémica”. Y del otro lado tiene a casi todos los gurkas de la academia alemana. Si eso no es elegancia. No sé si será confianza, modales o soberbia, pero el hecho es que no incluye ni una injuria, ni se gasta. Y para cualquiera que haya vivido nuestro último “Verano Telerman”, con sus “polémicas” sobre novelas-no-escritas y autores-no-humillados, bueno, tiene algo de surrealista.

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Creo que ya conté acá, que me anoté en un curso sobre gnosticismo. Estoy en eso, aunque en realidad se trata de los primeros siglos del cristianismo. Las sectas, las fracciones que surgieron alrededor de la figura de Jesús y quedaron en el “Portapapeles” de la historia a medida que la Iglesia armaba el cánon de la nueva biblia cristiana. Está bueno, pero a veces me pregunto qué hago leyendo sobre grupos de judíos radicales del siglo III AC. Debería terminar la carrera, buscar más trabajo- y no digo darle sentido a mi vida porque no estoy tan loco. En todo caso, me compré un libro, “Jesús el Nazareno y los primeros cristianos” de Francisco García Bazán. En un capítulo, se incluye una carta de un historiador de la religión a uno de sus discípulos. Básicamente, le dice que sospecha de las explicaciones demasiado claras. Hay algo raro en leer unos cuantos párrafos y sentir que se comprendieron los conceptos que constituyen el “sistema” de pensamiento de un grupo desaparecido hace miles de años. O de uno que vive sumergido en una selva a miles de kilómetros. Si esa visión del mundo termina convertida en algo “agradable y familiar”, debe haber fallado algo. Y esto iba a que trato de leer a Adorno, pero la filosofía alemana del siglo XIX me llegó de fotocopia+rumor. Así que esto será un comienzo, a lo sumo, el cuento fantástico de “Adorno contra los ogros de la vieja Europa”. Para que lloren los chicos más modernos.

2 comentarios:

Mariano dijo...

me gustó mucho esto, especialmente la parte de "me pregunto que hago haciendo/leyendo esto"... me pasa siempre que leo algo de filosofía clásica (p.ej.Spinoza o Kant), sentir por un lado que está muy bueno y que son reinteligentes y todo, pero igual, parado frente a algún párrafo intrincado, no puedo evitar preguntarme que cuernos hago yo tratando de entender qué significa la "substancia" para un alemán de hace 2 siglos. Ok, es itneresante, ¿pero no lo son muchas otras cosas?. Y aún concediendo que haya perlas escondidas en todo ese fango teórico demodé, ¿vale la pena ir en su búsqueda, cómo si no tuviéramos en el fondo algo mejor que hacer?. La verdad, aquí entre nos, a mi también me intriga saber por qué estás haciendo un seminario sobre sectas judías del siglo III, no por que no sea interesante, pero aun así.

ya me extendí demasiado pero había otras cosas que me habían gustado, como eso de que la comprensión total es muy sospechosa.

charly.gr dijo...

gracias Mariano por la lectura, y por interesarte en mi bizarra pérdida del tiempo, una respuesta posible es que lo gnosticos son un buen material para escribir en un blog, voy a poner algo de eso acá. A algún lado vamos a llegar, eso seguro. saludos!