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jueves, marzo 22

San Telmo

Hoy andaba reflexivo por las calles de Caballito, fue mi último día de cursada en la vieja fábrica de cigarrillos, como gustan decir los materialistas a ultranza. Me despedí del hombre del budismo combativo, que se quedó forcejeando con una bicicleta en el patio rodeado de una pequeña muchedumbre que miraba una película, proyectada en la pared, como en "Cinema Paradiso", sobre la vida de los militantes de hace treinta años, y me fui a la casa de [p.]. Ahí me contó (espantada): van a cerrar el Museo Penitenciario de San Telmo. Se lo regalaron a un empresario para abrir el Museo Borges.
Todo parece indicar, si nos guíamos por el tipo de lectura obsecuente y chupamedias que recibe en general el "poeta de Palermo", que vamos a tener un festival de kitsch metafísico y adornos para bibliotecas que será, desde ya, el complemento ideal, la cereza del postre, para la pujante feria de antigüedades y su simpática troupe de artesanos y bailarines de tango que multiplicaron varias veces la masa de efectivo circulante por el barrio y que, por lo tanto, hicieron lo mismo con los precios de las cervezas en los bares, tendencia a la cuál se plegaron incluso los más viejos y rancios paladines del mostrador como "La Coruña", que sigue siendo, firme, "el" lugar.
Pero en todo caso, se va el Museo Penitenciario. Para los que no fueron todavía, pueden leer esta nota que escribí hace un tiempo:

Los "gallegos" y las monjas representan dos estilos muy diferentes de cuidado penitenciario.