miércoles, marzo 15

"Acordate de donde saliste y que siempre podés volver.
Acordate adonde llegaste y a costilla de quien".



Un graffiti enorme, pintado en una pared del predio ACUBA del polo curtiembrero en obras desde hace décadas en Villa Caraza, Lanús.

lunes, abril 4

Hoy estaba leyendo el archivo de publicaciones del Centro de Arte y Comunicación, el CAyC, que dirigía Jorge Glusberg en los '70 en Buenos Aires. En un momento, llegué a un documento de un tal Agustín Merello titulado "Prospectiva". Merello era el director de un área con ese mismo nombre. Su misión era el "estudio interdisciplinario, tendiente a la previsión del futuro latinoamericano independiente de los futuros que proponen (e imponen otros) los países considerados hoy desarrollados". Y hablaba de "técnicas de previsión y anticipación de acontecimientos". Eran métodos para hacer predicciones, anticipar el futuro. Con su grupo habían armado una cronología del futuro de América Latina, año por año. Corría 1973. Y entre sus hipótesis había visiones como: "1982. La CGT Latinoamericana se convierte en el movimiento obrero organizado más poderoso del mundo".

sábado, abril 2

Ah, sí

"(A propósito, por una curiosa coincidencia, Negroponte terminó de escribir Ser digital en su casa de la Isla de Patmos, en Grecia, donde San Juan escribió el Apocalipsis)".

Horacio Reggini. El futuro no es más lo que era. La tecnología y la gente en tiempos de Internet. 

martes, noviembre 5

Voy a escribir una novela sobre un tipo que una vez cuando era chico ganó una aventura gráfica en una Commodore 64, y después nunca más ganó nada en su vida, hasta que se le ocurrió que podía escribir un cuento con esa historia, entonces fue a escribirlo en su estado de Facebook y cuando terminó sintió que había perdido la gracia y pensó que debería escribir algo al respecto, un ensayo o un post, no sabía, pero le siguió dando vueltas. Nunca lo supo.

lunes, junio 10

"Para los marxistas la realidad significa algo distinto: es la realidad más el futuro contenido en ella. El marxismo se prueba en el proceso de hacer posibles los cambios concretos aún pendientes: todavía hay cantidades inabaracables de sueños sin usar, de materiales históricos por aprehender, de porciones del mundo sin vender. Aquéllos que han enseñado a través de la poesía raras veces han hallado temas más excelentes que nuestro mundo de avanzar venturoso y latente esperar- la más real de las cosas que existen". Ernst Bloch, "Marxismo y poesía"
"El interés por el arte era uno de sus rasgos hereditarios, y sus ojos negros como el carbón, y curiosamente sin fondo y astutos, mostraban una expresión de tristeza como nunca la había visto en otro hombre".  Ernst Bloch sobre T.W. Adorno, en una entrevista en 1974.

lunes, abril 15

Do your remember, Toto?


"La Juventud Peronista en el techo de la Catedral Metropolitana" (1973) - Autor: Luis Pazos (via UNLP)

domingo, abril 14


AERGYS___rePIGS
================================================================= ______*LOS ARGENTINOS DESPRECIAN A LOS HONESTOS*_______ ___ELIGEN A LOS CORRUPTOS .. Y A GUERRILLEROS QUE PUSIERON BOMBAS* _________________________________________________________________ __*MERECIDO TIENEN CAER DE RODILLAS ANTE LA MONTONERA*__ _________________________________________________________________ _____LO QUE SEMBRARON , VAN A COSECHAR , Y EN ABUNDANCIA___ =================================================================

jueves, abril 4

Hoy pensé que el último libro que le regalé a mi viejo fue "Hay que matar" de Andrés Rivera. Y la última película que vimos juntos fue un VHS que alquilé: "Extraños en el paraíso" de Jim Jarmusch. Esos títulos me hicieron pensar en la relación que teníamos. Y me dieron ganas de mandarle un abrazo, dondé sea que esté. 

Hoy iba por la calle y vi "FE" escrito en un cartel en la calle. Tardé 10 segundos en darme cuenta de que no era una sigla. Era un aviso del Momo Venegas.

lunes, abril 1



Cuando todos se vayan

Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

Jorge Teilllier

martes, marzo 26

especialista en el spam

"La escritura en las redes se pierde en una maraña de mensajes, saludos, imágenes olvidables y demás basura flotante que prolifera en la Web - analiza Gradin, especialista en el spam y sus posibilidades-. En las redes, en medio de las oleadas de ruido, todo el tiempo surgen pequeños hallazgos de escritura. Sobre todo si tenés en tu lista de contactos amigos escritores y poetas. ¿Es una nueva forma de poesía? Quizá. Una forma tan fugaz como la charla de bar. Sí, una especie de borrador a la vista, de performance de escritura."

martes, marzo 19

¿Rejas?

(una versión resumida de esta nota fue publicada en Sur Capitalino, marzo de 2013)

Cada vez hay más rejas en las plazas. Cercos de contención que las rodean y obligan a caminar decenas de metros hasta encontrar la puerta de entrada. Esta es una experiencia nueva. Para los chicos y chicas que empezamos a ir a la plaza a principios de los años ‘80 en Buenos Aires, la idea de caminar hasta una puerta de entrada era algo sin mucho sentido. Una plaza era un lugar al que se podía entrar corriendo desde cualquier lado. Y para salir, lo mismo.
Después crecimos. Casi sin interrupción volvimos a las plazas, ahora con amigos nuevos. Y lo que entonces hubiera sido inconcebible es que las plazas tengan horarios. Las plazas, en los lejanos años ‘90, no sólo no tenían rejas ¡tampoco cerraban! Quizás por eso mismo íbamos a las plazas. A buscar un lugar donde pudiéramos estar tranquilos. Donde pudiéramos entrar sin pedir permiso y quedarnos sin que nos cobren, nos vigilen o nos regulen el tiempo. Lo más lejos posible del colegio o el trabajo. Las plazas eran -y son-, en definitiva, pausas o zonas liberadas en la trama de negocios y obligaciones que saturan la ciudad.
¿Para qué sirven las rejas? Se da por sabido. Sirven para cuidar los espacios. Evitan el vandalismo. Mantienen limpio el pasto. Son aspiraciones a las que es difícil oponerse. De hecho, las rejas proliferaron en los últimos años sin mayores resistencias. Fueron impulsadas por el Gobierno de la Ciudad, como si respondieran a una demanda implícita de orden y seguridad. Y la ciudad pareció acostumbrarse a ellas. Desde entonces, las rejas  inauguraron un virtual toque de queda. Por las noches la ciudad queda cada vez más desprovista de plazas. Se las desaloja al caer el sol como si se convirtieran en parajes inhóspitos de los que fuera necesario protegerse. Y las rejas se siguen instalando, aunque jamás se intente especificar a quiénes están destinadas o por qué son el único recurso para luchar contra esos vándalos y su -más que curiosa- afición por destruir o ensuciar.
Ahora, salir del trabajo o el hogar equivale a ir a lugares rodeados de rejas- o barrotes. En los areneros los chicos juegan en espacios enrejados, rodeados a su vez de rejas más grandes. Debe haber pocas cosas más frustrantes que pretender atravesar una plaza y descubrir que la puerta de ingreso está rota y clausurada, por lo que es preciso hacer un rodeo para entrar. Y, una vez adentro, esperar que ese día los encargados de cuidarla hayan decidido abrir todas las entradas para que podamos salir sin hacer otro desvío.  
Sobre todo, las rejas se vuelven absurdas al pasear por Buenos Aires una noche de verano. Al caminar, por ejemplo, por la vereda de Plaza Almagro para encontrarnos ante un predio lleno de bancos y mesas vacíos a los que no podemos acceder. Antes de las rejas, las plazas representaban una porción de la ciudad -la última, quizás- disponible todo el tiempo para todas las personas. En una ciudad cada vez más privatizada, las rejas nos obligan a renunciar de antemano a la posibilidad de pensar el sentido de los espacios públicos.
No se trata sólo de esa escena: parados en la vereda, agobiados por el calor, del otro lado de una reja que nos impide sentarnos en los bancos, acercarnos a los árboles. La Plaza Almagro cerrada obliga a quedarse en la calle o pagar por un lugar en la mesa de un bar. Pero las plazas de noche también fueron espacios de reunión en 2001, cuando las asambleas de vecinos empezaron a juntarse tras las caída del gobierno de la Alianza. Muchas de ellas empezaron convocándose en plazas de la ciudad. Resulta ridículo imaginarlas ahora teniendo que sortear las rejas, pidiendo permiso a los ordenanzas para extender su horario de funcionamiento.
Las rejas fueron aceptadas casi sin debate. Pero debe haber pocos urbanistas o arquitectos que consideren que aportan una solución interesante a los problemas suscitados por plazas y parques. Y sin embargo, las rejas prosperaron como una respuesta necesaria y casi impostergable. Ni siquiera se ofrecen como un mal menor, o transitorio, al que hubiera que recurrir como úlitmo recurso. Las rejas se promueven como un gran adelanto. Lo mejor que podía pasar, pareciera, era que se le agregaran nuevos perímetros y restricciones a la ciudad. Y si las cárceles son, para ciertos discursos, una “solución” para el problema del delito, también las rejas aparecen como lo contrario de un problema. Son cualquier cosa menos un obstáculo o una cuenta pendiente. Deberíamos estar contentos de tenerlas.
Sin embargo, en los últimos días una asamblea de vecinos del Parque Centenario realizó una protesta para rechazar su enrejamiento. El hecho muestra que tal vez el consenso sobre las bondades de las cercos no sea tan absoluto. Y que quizás exista la necesidad de discutir otros modos de cuidar y organizar los espacios.
Porque, en definitiva, ¿a quién se excluye de las plazas? Nunca dicho abiertamente, las rejas acaban por echar a quienes no tienen o encuentran otro lugar adónde ir.  A aquellos para los que el espacio público significa algo más que un lugar limpio y ordenado. Vendedores ambulantes. Feriantes. Gente sin techo. Chicos y chicas, en general, siempre sospechados de algo. Las rejas tienen destinatarios precisos pero a la vez silenciados. Las rejas en las plazas son mensajes de advertencia, llamados al orden, señales habituales para delimitar la propiedad privada. Mucho más repudiables, en tanto que ni siquiera se animan a admitir sus verdaderas intenciones. ¿Son la mejor solución para las plazas? ¿Son el mensaje que queremos transmitir? ¿Tenemos que estar orgullosos de nuestras rejas? Un debate amplio sobre el espacio público es una cuenta pendiente para la ciudad -cuyos barrios no casualmente se agrupan en “comunas”-.
Y si ese debate, finalmente, se diera, surgirían, probablemente, muchas voces a las que todavía nadie quiso prestar oídos. Mi amiga Violeta Percia lo expresaba mejor que nadie en Facebook, hace unos días, a raíz de las noticias sobre la represión en el Parque: “En los '90 me gustaba una canción que decía "las rejas y los palos, armas del Estado", y también una que decía "¿querés ser policía?, ¡Yo no!". Cuando salía a la noche tenía más miedo de cruzarme un patrullero que una banda de pibes en la vereda. Me gustaba más quedarme en plazas o caminar por la ciudad que ir a bailar a un boliche. Tengo más risas con amigos en mi corazón -de amigos de hoy y de ayer- brotadas de esos paseos nocturnos -sin cámaras ni rejas- en la extensión de lo abierto, que las que tengo de todos los antros de dance por los que estuve”.
En estos días siguen adelante las obras para el enrejamiento del Parque Centenario. El enrejamiento de un Parque que ya tiene rejas. ¿Será eso lo que tenemos en mente cuando pensamos en espacios públicos abiertos, libres y disponibles para todos?

miércoles, febrero 13

"De la misma forma, la memoria, otra facultad, duerme en la biblioteca, en el museo, en el lenguaje, escrito o hablado, como bajo la pantalla de un ordenador, pero también en los desiertos y en los casquetes polares, bancos inmensos de calor y de frío; el recuerdo se despierta y alumbra, a la luz de la vela como al paso de la corriente, cuyo vigor reanima el olvido, pero también al soplo de los vientos cálidos que hacen volver a la existencia a una corriente como el Niño, desaparecida desde hace lustros; la imaginación llamea, se apaga, se agota en las páginas o las pantallas... grita la estridente flauta de Pan, canta el clarinete, llora la cantarela y solloza el fagot, sensibilidad de metal, de cuerda y de madera, alzaos tormentas que hacés gemir a los árboles... No, no somos tan excepcionales". 

de Michel Serres, Atlas