sábado, marzo 19

Hoy vine a La Continental de Defensa y Chile a comer unas porciones y usar la wifi. Tengo que escribir sobre las utopías planetarias de una revista de poesía de los '60, y sobre un artista que militaba en las redes de arte correo y de la poesía visual. Después me voy a un casamiento. Se casa un amigo en una iglesia de San Isidro. Cuando éramos chicos me pasaba los discos de Superuva, cono esos hits que hablaban de un churrasco violento y del zoológico de Cutini:



"Espero ver cómo nuestro planeta se convierte en una forma de arte en las próximas décadas; el hombre nuevo, conectado a una armonía cósmica que trasciende el tiempo y el espacio, cuidará y moldeará y diseñará con sus sentidos cada aspecto del artefacto terrestre como si fuera una obra de arte, y el hombre mismo se convertirá en una forma de arte orgánica. Tenemos un largo camino por delante, y las estrellas son sólo estaciones de paso, pero hemos empezado el viaje. Nacer en esta época es un don maravilloso, y sólo lamento la eventualidad de mi propia muerte porque dejaré -si me permiten una imagen de los tiempos de Gutenberg - tantas tentadoras páginas de los destinos del hombre sin leer. Pero quizás, como intenté demostrar en mi análisis de la cultura post-letrada, la historia comienza recién cuando el libro se cierra."

Marshall McLuhan, 1969. Playboy's Interview.

miércoles, marzo 16

Hoy me acordé, también, de Zizek. Decía, hace un tiempo, que el problema no es que no tengamos las respuestas para lo que está pasando en el mundo. En realidad, no sabemos ni siquiera cuáles son las preguntas que tendríamos que hacernos. Y me gusta esa idea, que en realidad es muy vieja. No sabemos ni siquiera lo que no sabemos, esa inmensa cantidad de cosas que no sabemos. Igual yo no pensaba en el mundo, ni nada parecido.
jkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkkk

Hoy me quedé dormido apretando la letra k.

Oh, My Darling Clementine

radar

DOMINGO, 6 DE MARZO DE 2011

CASOS > A 50 AÑOS DE CLEMENTINA, LA PRIMERA COMPUTADORA CIENTIFICA ARGENTINA

Tiren papelitos

A comienzos de los ’60, durante el desarrollismo de Frondizi, en una habitación especialmente creada, se encendió la primera supercomputadora científica que tuvo la Argentina: catorce armarios parecidos a un vestuario, 5000 válvulas de vidrio, exigencias quirúrgicas de humedad y temperatura. Pero durante los siguientes seis años, Clementina fue la niña mimada de un Instituto de Cálculo con que la UBA se involucró en servicios tan diversos como el Censo de 1960 y la frecuencia de los semáforos de la Av. Santa Fe, pasando por el cálculo de la órbita del Cometa Halley y la lingüística. El brutal asalto del gobierno de Onganía a la universidad pública dejó el proyecto moribundo, hasta que en 1970 la apagaron definitivamente.

(sigue...)


jueves, marzo 10

Hoy pasé por el Argerich. Fui a visitar al pintor que se accidentó mientras pintaba en mi casa (me mudé hace unos días a San Telmo). Volví, y después del mediodía, mientras hojeaba unos libros, de una de las tantas pilas que me rodeaban en el piso, se oyeron corridas en el pasillo descubierto, gritos furiosos y golpes contra las paredes. Parecía como si estuvieran matándose a golpes, y antes de abrir pensé unos segundos si no sería mejor esconderme. Al final abrí. Era en el piso de abajo. Había gente en la escalera, y más allá un pibe tendido con la pierna abierta de un mordisco. Era el paseador que había venido a buscar al Pitsburgh, que le había saltado encima. Estaba medio shockeado, y el encargado lo sostenía mientras llamaba al 911. El dueño deambulaba diciendo "no entiendo, este perro, no entiedo". Y desde el fondo de la casa se oían los ladridos. Le pregunté si había cerrado bien. Al rato llegó la policía y la ambulancia. Se lo llevaron caminando. Se quejaba porque no iba a poder trabajar. Y una señora le decía "no te hagás drama, yo te presto a mi gata para que la pasees".

viernes, marzo 4

Hoy me compré un colchón. Están pintando en mi casa. Naranja el cuarto, amarillo el living, verde el pasillo, blanco los cielorrasos. En Once tuve que evacuar. Los termotanques a veces se funden, y largan agua durante horas hasta que un día llegás y te dejaron un cartel en la puerta. Y abrís, y está inundado y tus libros absorbieron más agua de la que puede absorber un libro sin deshacerse, como si fueran una pasta mal preparada. Después el karma va compensando, dicen, y vienen tiempos mejores y la vida al final es una suma cero de momentos puestos en la hilera del tiempo rumbo al punto de fuga de tu memoria desquiciada por el pánico y la adrenalina. O no. Tal vez simplemente sea eso. Una sucesión de habitaciones en departamentos que se inundan, y a los que volvés a llegar justo el día en que te estabas por mudar, y en los que, entonces, te dedicas a ordenar y a limpiar, y a cambiarles las alfombras y a barrerlos hasta que vuelven a lucir como recién estrenados y listos para recibir a un nuevo inquilino, que va a ocupar tu lugar sin saber nunca de vos ni de lo que sucedió ahí antes de llegar. Lo que en realidad, tal vez sea mejor para todos.