lunes, febrero 28
lunes, febrero 21
Hoy fui preguntar precios de alfombras en Once. Ahora me vine a un cyber, en el McDonalds no andaba la wi fi. Al lado mío, una señora le escribe una carta al "Sr Inspector del Distrito Escolar Nº 9". Una renuncia por motivos personales. Del otro lado, un pibe mira en Youtube el último capítulo de "Vidas Robadas". Me quedé hasta tarde escribiendo sobre la primera computadora que instalaron en la UBA en 1960, sintiendo que esribo demasiado lento, y que si tuviera que ganarme la vida publicando notas en algún medio, debería empezar a ganar velocidad y cuidar menos los detalles. Tengo ganas de descubrir alguna banda nueva, renovar mis búsquedas de mp3. Y de que me inviten a andar en auto por alguna ruta, y poner Creedence y uno o dos temas de la Bersuit.
sábado, febrero 19
"El tiempo tiene sus venganzas, pero las venganzas tantas veces resultan rancias. ¿No haríamos mucho mejor todos nosotros si no tratásemos de comprender, si aceptáramos el hecho de que ningún ser humano comprenderá jamás a otro, ni una mujer a su marido, ni un amante a su amante, ni un padre a su hijo? Quizás por eso los hombres inventaron a Dios: un ser capaz de comprender. Quizás, si quisiera ser comprendido o comprender, me atontaría hasta tener una religión; pero soy un reportero, y Dios sólo existe para los que escriben editoriales".
Graham Greene - El americano impasible
(flickr)
viernes, febrero 18
Autor anónimo, siglo XX
"Cuentan los que saben, que una vez se reunieron en algún lugar de la tierra los sentimientos y cualidades de los hombres.
Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre tan loca, propuso: "Vamos a jugar a las escondidas".
La intriga levantó la ceja y la curiosidad sin poder contenerse preguntó: "¿ A las escondidas? ¿Cómo es ese juego?".
"Es un juego -explicó la locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando haya terminado, el primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para terminar el juego."
El entusiasmo bailó secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, que nunca le interesaba nada.
Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no
esconderse, ¿para qué? Si al final siempre la encuentran. La soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido de ella) y la cobardía prefirió no arriesgarse.
"Uno, dos, tres...", comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza que se dejó caer en la primera piedra en el camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol mas alto."
(sigue...)
Cuando el aburrimiento había bostezado por tercera vez, la locura, como siempre tan loca, propuso: "Vamos a jugar a las escondidas".
La intriga levantó la ceja y la curiosidad sin poder contenerse preguntó: "¿ A las escondidas? ¿Cómo es ese juego?".
"Es un juego -explicó la locura- en el que yo me tapo la cara y comienzo a contar desde uno hasta un millón mientras ustedes se esconden, y cuando haya terminado, el primero de ustedes que encuentre, ocupará mi lugar para terminar el juego."
El entusiasmo bailó secundado por la euforia. La alegría dio tantos saltos que terminó por convencer a la duda e incluso a la apatía, que nunca le interesaba nada.
Pero no todos quisieron participar. La verdad prefirió no
esconderse, ¿para qué? Si al final siempre la encuentran. La soberbia opinó que era un juego muy tonto (en el fondo lo que le molestaba era que la idea no hubiera sido de ella) y la cobardía prefirió no arriesgarse.
"Uno, dos, tres...", comenzó a contar la locura. La primera en esconderse fue la pereza que se dejó caer en la primera piedra en el camino. La fe subió al cielo y la envidia se escondió tras la sombra del triunfo, que con su propio esfuerzo había logrado subir a la copa del árbol mas alto."
(sigue...)
sábado, febrero 12
miércoles, febrero 9
lunes, febrero 7
domingo, febrero 6
martes, febrero 1
Hoy hice el check-out en el hostel Che Lagarto de Plaza Independencia. Me vuelvo a Buenos Aires, y tengo todo el día para leer tirado en el banco de una plaza o pasear por la rambla, o escribir en un cyber. Quise ir al Museo de Historia pero estaba cerrado.
Ayer, después de adelantar mi pasaje para esta noche, fui a la Biblioteca Nacional. Estuve buscando datos sobre mi tocayo Isabelino Gradin.
**
Mi viejo lo mencionó alguna vez, medio en chiste, diciendo que había un Gradin en Uruguay que había sido muy famoso cuando jugaba como delantero de Peñarol. No le di mucha bola, quizás porque mi viejo y su familia tenían cierta propensión a la divagación genealógica que se me hacía medio fantasmal. En algún momento, se le ocurrió desempolvar un montón de retratos y fotografías de sus antepasados y colgarlas en una pared de mi casa. Era un retablo de señores de saco negro y sombrero, que posaban siempre solos, sin mujeres, pálidos y rígidamente ubicados en la imagen, como sucedía en la época en que los fotógrafos atendían en estudios privados porque faltaban varias décadas para que se popularizaran las cámaras baratas, el hobby de andar sacando fotos y subirlas a los blogs. En esa pared convivían los ancestros de mi viejo y una imagen a color de la Cueva de las Manos, una foto panorámica de una pared de piedra de una cañadón en Santa Cruz, llena de manos pintadas y dibujos hechos por los antiguos pobladores de la zona, unos diez mil años antes. Era el arte rupestre al que se dedicaba mi viejo, de profesión arqueólogo.
**
Una tía, hermana de mi viejo, les regalaba a los miembros de la familia algunas artesanías que hacía ella misma. Una vez, cuando yo era chico, mi viejo volvió de visitarla con un rollo que desplegó sobre la mesa y que tenía dibujado un enorme árbol genealógico. Mi tía había reconstruido la saga familiar, siguiendo documentos que, supongo, estarían bien guardados en su casa, y que habría ido juntando durante años. En el árbol, mi hermana y yo éramos una hojitas verdes diminutas, que se asomban apenas de una rama muy delgada, porque el árbol de mi tía se remontaba hasta unos españoles casados en el Río de la Plata a mediados del siglo XVIII.
**
Hace un tiempo me atendía con una dentista judía. Era muy amable, y la primera vez que nos vimos me preguntó de dónde era mi apellido. "Gallego", le respondí, como decía mi viejo. A ella le sonaba que podía ser un apellido de judío converso, y me invitó a que visitara los archivos genealógicos de un Instituto judío, donde podían asesorarme. Todavía no fui, pero capaz un día paso.
**
De casualidad, también hace un tiempo, me enteré que aquél Gradin que jugaba en Peñarol era negro. Tataranieto de esclavos libertos.
**
Un poeta peruano le hizo un poema de vanguardia en los años `20:
"Agil,
fino,
alado,
eléctrico,
repentino,
delicado,
fulminante,
yo te vi en la tarde olímpica jugar."
**
El domingo, en la Feria de Tristán Narvaja encontré un fascículo de una Hiistoria del Fútbol Uruguayo dedicado a Gradin. Se convirtió en leyenda del Peñarol de los últimos años del amateurismo, antes incluso de la radio. Estuvo unos años en el club pero terminó peleándose con los dirigentes cuando pidió un sueldo para seguir jugando. Después se dedicó al atletismo, y ganó varios torneos latinoamericanos. Murió pobre.
**
Mi viejo decía que su familia había venido de Uruguay. Así que pasé por la Biblioteca Nacional para ver si había alguna mención del apellido en algún libro sobre familias o apellidos. No había nada. Sólo una mención de Isabelino en un diccionario de apellidos uruguayos, lo que lo convierte en un gallego negro. Aunque en sus biografías se menciona a un padre brasilero que volvió a su país abandonando a su mujer y cinco hijos.
**
Lo voy a adoptar como ancestro imaginario.
Ayer, después de adelantar mi pasaje para esta noche, fui a la Biblioteca Nacional. Estuve buscando datos sobre mi tocayo Isabelino Gradin.
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Mi viejo lo mencionó alguna vez, medio en chiste, diciendo que había un Gradin en Uruguay que había sido muy famoso cuando jugaba como delantero de Peñarol. No le di mucha bola, quizás porque mi viejo y su familia tenían cierta propensión a la divagación genealógica que se me hacía medio fantasmal. En algún momento, se le ocurrió desempolvar un montón de retratos y fotografías de sus antepasados y colgarlas en una pared de mi casa. Era un retablo de señores de saco negro y sombrero, que posaban siempre solos, sin mujeres, pálidos y rígidamente ubicados en la imagen, como sucedía en la época en que los fotógrafos atendían en estudios privados porque faltaban varias décadas para que se popularizaran las cámaras baratas, el hobby de andar sacando fotos y subirlas a los blogs. En esa pared convivían los ancestros de mi viejo y una imagen a color de la Cueva de las Manos, una foto panorámica de una pared de piedra de una cañadón en Santa Cruz, llena de manos pintadas y dibujos hechos por los antiguos pobladores de la zona, unos diez mil años antes. Era el arte rupestre al que se dedicaba mi viejo, de profesión arqueólogo.
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Una tía, hermana de mi viejo, les regalaba a los miembros de la familia algunas artesanías que hacía ella misma. Una vez, cuando yo era chico, mi viejo volvió de visitarla con un rollo que desplegó sobre la mesa y que tenía dibujado un enorme árbol genealógico. Mi tía había reconstruido la saga familiar, siguiendo documentos que, supongo, estarían bien guardados en su casa, y que habría ido juntando durante años. En el árbol, mi hermana y yo éramos una hojitas verdes diminutas, que se asomban apenas de una rama muy delgada, porque el árbol de mi tía se remontaba hasta unos españoles casados en el Río de la Plata a mediados del siglo XVIII.
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Hace un tiempo me atendía con una dentista judía. Era muy amable, y la primera vez que nos vimos me preguntó de dónde era mi apellido. "Gallego", le respondí, como decía mi viejo. A ella le sonaba que podía ser un apellido de judío converso, y me invitó a que visitara los archivos genealógicos de un Instituto judío, donde podían asesorarme. Todavía no fui, pero capaz un día paso.
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De casualidad, también hace un tiempo, me enteré que aquél Gradin que jugaba en Peñarol era negro. Tataranieto de esclavos libertos.
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Un poeta peruano le hizo un poema de vanguardia en los años `20:
"Agil,
fino,
alado,
eléctrico,
repentino,
delicado,
fulminante,
yo te vi en la tarde olímpica jugar."
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El domingo, en la Feria de Tristán Narvaja encontré un fascículo de una Hiistoria del Fútbol Uruguayo dedicado a Gradin. Se convirtió en leyenda del Peñarol de los últimos años del amateurismo, antes incluso de la radio. Estuvo unos años en el club pero terminó peleándose con los dirigentes cuando pidió un sueldo para seguir jugando. Después se dedicó al atletismo, y ganó varios torneos latinoamericanos. Murió pobre.
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Mi viejo decía que su familia había venido de Uruguay. Así que pasé por la Biblioteca Nacional para ver si había alguna mención del apellido en algún libro sobre familias o apellidos. No había nada. Sólo una mención de Isabelino en un diccionario de apellidos uruguayos, lo que lo convierte en un gallego negro. Aunque en sus biografías se menciona a un padre brasilero que volvió a su país abandonando a su mujer y cinco hijos.
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Lo voy a adoptar como ancestro imaginario.
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