martes, febrero 17

These are the days


"Este es un mundo habitado por pasajeros de distintas pesadillas, por mestizos cruzados entre dioses y monos, por los autómatas fabricados en las distintas industrias de la cultura, frankensteins y marysteins construidos con palabras muertas, locos peligrosos armados de sabiduría, insensatas existencias que entregan el brillo de su ser a cambio de una propina mensual. Un mundo donde, además, hay duendes y brujas y piratas; un mundo que ya no puede huir a esa edad de oro que jamás se atrevió a vivir.

En tal mundo, la elegancia es el camino que hace el beso antes de llegar a tu boca. Ese conmnovedor vuelo que hacen dos almas que jamás podrán encontrarse porque al intentarlo se han despedido para siempre. La elegancia también necesita de esa navaja afilada que sos vos, dispuesto a cortar la cartulina congelada de esa mirada muerta que te persigue.

Pero siempre se escucha. Es una melodía. No es el viento sobre los árboles. El árbol es el violín y el viento su ejecutor. No son pasos subiendo la escalera. Es un tambor. No son palabras, es el canto de una flauta.

Es una gran banda tocando a toda hora, en todo lugar. Y sólo el silencio del cosmos nos escucha."

Enrique Symns - "La elegancia del ser", Invitación al abismo

martes, febrero 10

¿Había condiciones para que el kirchnerismo sea mejor?
¿Para que haga todas esas cosas juntas que nosotros esperamos: que sea vizcacha, que sea pícaro, que sea montonero, que sea histórico, que convoque, que gestione, que transforme, que renueve, que centroizquierdice, que juicio y castigo, que abrace a Curto con Hebe, que programe y fije las nuevas veinte verdades?
La pregunta obvia es cómo era sacar fotos antes del Photoshop (Gimp en Linux).

La Paz







el Lago





Potosí-Sucre







Por la 40





Por la 40




domingo, febrero 8

4-2

La Embajada Argentina debería preservar las paredes de las habitaciones del Carretero. Son restos antropológicos, testimonios en crudo de algo así como la cultura rock juvenil-adolescente de Argentina, la que emergió en los '90 en los recitales de La Renga y Los Redonditos de Ricota, "Una bandera / que diga Che Guevara / un par de rocanroles / y un porro pa' fumar / matar un rati / para vengar a Walter" etc., el logo de SUMO, un Bob Marley fumando, frases de Cortázar y Galeano, solidaridad con Cuba, los tópicos del viaje y la vida mechados con el alma y el espíritu, declaraciones de amor a América Latina, mística mochilera, revelaciones de un mundo mejor y recomendaciones para conseguir porro y ayahuasca en La Paz. Algo de fútbol, intervenciones en francés y alemán, ecologismo en la línea de "Cuando el hombre haya envenenado el último río, talado el último árbol" etc., collages multicolores chorreando tinta de las paredes, capa tras capa de sensibilidad utópica y nostalgia por la malograda Era de Acuario sesentista. "La Paz - feberero - 2003. Este viaje me cambió la vida. Ramiro de Laferrere".

En mi habitación duerme Liza, una irlandesa que llegó a La Paz hace quince días y sigue sin fecha de partida a la vista. El día que la conocí había ido a visitar la cárcel de San Pedro, en el corazón de la ciudad. Un irlandés, al que atraparon en la frontera con un paquete de cocaína, pasó una temporada ahí, y escribió un libro sobre ese oásis de la corrupción en donde, entre otras cosas, acabó por organizar un servicio de visitas guíadas en inglés por las instalaciones, para turistas reclutados por un guardia apostado en la entrada. Ya liberado, el servicio al parecer se mantiene, y no termino de hacerle entender a Liza lo suicida que suena el programa.

El viernes antes del referéndum llegó Roger, un cochabambino con domicilio en La Paz, adonde viajó para votar por el SÍ. De vacaciones, está por recibirse de Lic. en Letras en la única carrera disponible en el país, en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz. Al parecer, tiene avanzado el proyecto de abrir una librería en la ciudad, y me comenta la escasez de títulos y la ridícula inflación de los precios en las librerías locales, a lo que le respondo con una exagerada celebración de las librerías de saldos y usados de Buenos Aires, adonde de todas maneras pensaba viajar para aprovisionarse. Aparentemente lo convencí de invertir en el rubro.

Roger nos lleva a Liza y a mí a conocer la noche paceña. Vamos al barrio de Sopocachi, la plaza Avaroa y tomamos api con pastel en el local de Las Vírgenes del Deseo, un afamado grupo de feministas radicales cuyos graffitis proliferan en muros y edificios ("Si Evo tuviera útero, el aborto sería despenalizado y nacionalizado"). Liza y Roger charlan sobre las bondades de los destilados de cereales de sus respectivos países. Confrontan usos, las rondas en torno a la estufa de leña en la casa de un viejo dublinense, sus botellas caseras rescatadas del armario, las afamadas chicherías de Tiquipaya en Cochabamba, que no conozco pero me suenan a bares de bebedores caídos en combate, aferrados a botellas todavía llenas. Una noche vamos a la Jaen, la callecita donde funcionan un par de bares frecuentados, dice Roger, por la joven guardia de la literatura boliviana. En la barraca de paredes aladrilladas del Etno-Bar, iluminada con velas, pedimos unas vueltas de ajenjo de Sucre, exlusivo de la casa. Es el mismo 70% de alcohol en dósis terapéuticas que componía, me parece, junto con el opio y otros accesorios de exotismo francés, el bagaje standard de la tribu de los poetas malditos y decadentistas del XIX. "The green shit" bautiza Liza a los verdes sorbos de ajenjo, servidos en vasos diminutos, con instrucciones de no retener el brebaje en la boca y limitarse a respirar sus vapores, surgidos de una ingesta corrosiva, con gusto a hierbas. Más tarde, una botella de pisco y otra de Sprite, para diluír un efecto más parecido a una sobredósis de café que al mareo de una hilera de tequilas bajados al hilo.

Roger planeaba votar y volverse a Cochabamba, pero lo absorbe la inercia viajera de El Carretero, y decide venir conmigo a Sorata, un pueblito a tres horas de La Paz, en un valle verde, tapizado de árboles y plantas. Hay una plaza con palmeras y una estatua de un héroe de la guerra del Chaco, callecitas de piedra y casas antiguas, vagamente señoriales. En el patio del Hostel Reggae hay un mono llamado Wilson atado a una soga, que se trepa a los turista que toman mate en el quincho. Pero nos quedamos en El Mirador, y el mejor programa que ofrece Sorata es pasar las horas mirando desde su terraza cómo varían los matices y texturas del valle a medida que transcurre el día.

Una tarde me quedo leyendo la Lonely Planet de un australiano que reside en nuestra habitación, repasando los destinos turísticos del Chaco paraguayo, el background mínimo indispensable para entender la historia argentina reciente, y los consejos para sortear las zonas inseguras en los suburbios de ciertas ciudades de las Guyanas. Es un manual escrito por viajeros expertos, que puede competir en exhaustividad con las más maniáticas entradas de la Wikipedia, incluso las cooptadas por intelectuales orgánicos de sub-segmentos específicos de la cultura POP reciente. Cuando me dispongo a leer la entrada de Sorata tengo un instante de revelación, parecido al que sentí la primera vez que entré a Google Earth y busqué el techo de mi edificio. (Debe haber algún concepto místico-oriental para definir esa repentina sobredosis de información). Sobre el encargado de El Mirador, habíamos empezado a tejer una red de hipótesis con Roger, desde que nos recibiera el primer día con su bata abierta y en calzoncillos, y más tarde recostado en su litera junto al mostrador improvisado en su cuartito, frente a la TV y los pósters del porno-soft más berreta, nos terminara de comentar las condiciones de uso de su hotel. Una serie de especulaciones, a las que se sumaron otros inquilinos que tendían a sospechar de alguna forma de perversidad, en Carlos, que así se llamaba, cuando bromeaba con sus cachorros amenazándolos de muerte, o los ahorcaba amistosamente con una cadena para darles un baño de jabón en la terraza.

Una mañana despertamos con los parlantes de El Mirador a toda potencia, emitiendo grandes éxitos melódicos de los años '70, entre los que sobresalían los boleros de Dyango, y que a la vista de la plácida vegetación circundante, subrayados por el bajo áspero de la voz de Carlos, se tornaban entre surrealistas e insoportables. Y ahí estaba la Lonely Planet, entonces, describiendo en una breve línea las acomodaciones del Hostal El Mirador de Sorata, su irresistible terraza tan cálida ella como errático su dueño, única desventaja de un hospedaje por lo demás impecable. Precisamente, leído el diagnóstico al tiempo en que Carlos, que quizás nunca se enterase de su ambiguo ingreso al Salón de la Fama del Turismo, no hallaba mejor lugar para tender una soga y poner a secar ropa, que la misma vista que daba nombre y prestigio a su emprendimiento hotelero, decorada ahora por sus calzoncillos y camisetas, y otra ropa interior de su señora e hijo, atravesando el verde tapiz del paisaje como en una propaganda de jabón protagonizada por actores desempleados, de bajo presupuesto, como nosotros.

Cuando volvimos al Carretero, unos días después, Liza seguía a punto de irse. La noche en que nos despedimos nos contó sus planes para los próximos meses, su decisión de no volver a Irlanda por los rumores de una crisis económica en la que podía entrever una Dublin desalentadora, plagada de estados de ánimo aún peores que los habituales, y de la que solo extrañaba las sesiones de ingesta alcohólica, el poitin en casa de su anciano amigo, los modales de la vieja Irlanda rural. Ahora seguía viaje a Nueva Zelanda, invitada por su prima a sacar provecho de uno de esos destinos a los que recurren, según rumores, viajeros a cumplir jornadas de trabajo liviano y bien remunerado que, realizado por algunos meses, genera dinero suficiente para emprender travesías como un tour por el sudeste asiático, concluido en la capital de China, o el trayecto Buenos Aires-México DF que es lo que Liza tenía en mente para sus próximos meses; recolección de frutas en las afueras de Auckland, ella, o el Santo Grial de las finanzas mochileras, empleo en la cosecha de marihuana medicinal en granjas de California. Dicen, se dice, plazas fáciles de gestionar, previo filtrado vía permisos en embajadas y/o agencias.

Roger volvía a Cochabamba, antes de volver a La Paz a terminar la Universidad y abrir su librería. Parecía decidido a adoptar el Carretero como su nuevo domicilio permanente. Y es probable que lo consiga.

Yo volvía a Buenos Aires. Nos anotamos nuestros Facebooks, y nos deseamos buen viaje.
26 - 1

En un momento del viaje escuché a algún otro turista recomendar no muy en broma que se tuviera pensada alguna forma rápida de salir del país, el día después del referéndum en caso de que ganara el NO y se dejara sin efecto la Nueva Constitución Política del Estado impulsada por el gobierno. El día de la elección, a media mañana, me levanto y le pregunto por novedades a uno de los chicos que atienden El Carretero, que me habla de batallas campales en la plaza Murillo, pronosticadas para la media tarde, pero su profecía no se cumple, aunque la posibilidad flote en la imaginación de muchos. No desentonarían con la historia reciente del país, sacudido por levantamientos como la Guerra del Gas, protagonizada por las poblaciones de origen campesino de El Alto, en 2003, que obligó a renunciar al presidente Gonzalo Sánchez de Losada y allanó el camino para el triunfo electoral de Evo Morales, no sin dejar un tendal de muertos producto de la represión policial.

Como cuenta Sivak en su libro, el primer presidente aborígen de Bolivia había llegado a convertirse en una figura pública, reconocida como referente político por un vasto sector de la sociedad, luego de años de militancia sindical en las organizaciones de campesionos cultivadores de coca en la región del Chapare, donde éste y su familia poseían una modesta porción de tierra. En los años '90, las políticas de erradicación de los cultivos de hojas de coca fueron fogoneadas en América Latina por diplomáticos y embajadores norteamericanos, y se vieron acompañadas por discursos criminalizadores, retomados por las expresiones más rancias de las derechas locales. El gobierno de Sánchez de Lozada se plegó a dicho movimiento, al tiempo que su primer mandatario hacía esfuerzos por disimular, en sus discursos, los restos de un acento americano adquirido durante sus años de estudio en Estados Unidos. Lozada acabó por proponer la supresión total del cultivo de la coca, y por calificar a Evo Morales de agente del narcotráfico.

Un discurso semejante, aplicado por un Jefe de Estado para referirse a una práctica popular, con miles de años de antigüedad, imbricada además en la forma de vida y supervivencia de buena parte de la población, da una idea de la violencia latente contenida en las instituciones del país. Una violencia que es un nudo histórico ignorado como tal en su carácter de problema, de cuenta pendiente a resolver, y que el gobierno de Evo Morales tomó como eje de su accionar con el objetivo de reparar los lazos entre el Estado y las comunidades aborígenes-campesinas de Bolivia (compuesta por más de 36 etnias, según datos oficiales).

Una misma ausencia, por otra parte, que permanece en los discursos de la oposición, y en las editoriales periodísticas, siempre minuciosas y sensibles a la hora de describir los desvíos de las normas republicanas, para denunciar supuestas faltas de diálogo y azuzar fantasmas de desunión y emergenica del Desorden, pero jamás para reconocer, al menos nombrar e incorporar a su propio discurso y pensamiento, esa gama de problemas que el gobierno de Evo Morales pretende abordar. La derecha en Latinoamérica escribe libros sobre "populismo", reflexiona sobre las tentaciones autoritarias y los riesgos del voto cautivo, pero deja que la pobreza y la desigualdad aparezcan en el ágora mediática, como notas al pie, cargadas de eufemismos y remitidas, libradas, en última instancia, a la acción mesiánica del mercado, a una mano invisible condicionada por la falta de garantías para la Democracia.

La edición del lunes post-referéndum de uno de los diarios más opositores de La Paz, ofrecía 2 carillas repletas de columnas que despuntaban el catálogo standard de críticas a los gobiernos latinoamericanos, de la soberbia y el rechazo del diálogo, a la manipulación de las masas y el exceso de simpatía por el eje Venezuela-Cuba, para seguir a continuación con varias carillas de desglose de la Nueva Constitución, todas sus novedades explicadas, detalladas, en lo que parecía una verdadera campaña publicitaria a su favor. Criticando en el plano de las ideas platónicas de la República y el Diálogo Democrático, el diario acababa dejando intacto el plano real de los cambios introducidos, a los que apenas atinaba a enumerar para negarles toda pretensión a existir o gozar de legitimidad. Ahí estaba el reconocimiento de lenguas y culturas, enumeradas con nombres propios. La idea de un Estado Plurinacional, las autonomías y la consolidación de varias novedades introducidas por el gobierno de Evo Morales, como los bonos de ayuda económica para chicos escolarizados, la renta universal para los ancianos, la nacionalización de los hidrocarburos y la sanción de la gratuidad en el acceso a la educación y la salud. (Con la NCPE, se anuló la tarifa requerida para acceder al título del colegio Secundario). Para el diario, parecía suficiente con listar estos aspectos y redondear el rechazo con un par de comentarios que los vinculaban a la ambición desmesurada de poder, del supuestamente omnipotente gobierno de Evo Morales. De formas alternativas de mejorar, mejor dicho de crear, alguna forma de articulación alternativa entre el Estado y los grupos aborígenes, distinta a la propuesta de Morales, ni noticias. Pienso en Carrió denunciando al kirchnerismo por tomar de rehenes a los pobres de Argentina, ese supuesto ejército de zombies canjea-votos-por-heladeras que no para de aguarle la fiesta a la civil y honesta clase media, último bastión del orgullo nacional.

En la plaza del domingo, a media tarde, éramos más los turistas argentinos que los manifestantes bolivianos, hasta que empezaron a llegar las columnas y terminamos en las gradas al lado del Comité Cívico Popular de La Paz, cuyo cabecilla pretendía convertirse en el arengador oficial del acto y no dejaba de gritar proclamas a la espera de que el público respondiese con un "¡Jallaya!", el equivalente aymara de "¡Viva!" "-¡Jallaya Tupaj Katari! -¡Jallaya!" "-¡Jallaya Bartolina Sisa! -¡Jallaya!" "-¡Jallaya la Nueva Constitución Política del Estado! -¡Jallaya!" "-¡Jallaya el Gobierno Popular de Evo Morales Ayma! -¡Jallaya!" "-¡¿Cuándo, compañeros?!" "-¡Ahora!" "-¡¿Cuándo, carajo?!" "-¡Ahora, carajo!" Aplausos. Y así. Un cubano, funcionario de la Embajada, los acompañaba y me recitó al oído un largo tema de hip-hop que iba de Playa Girón a los presos de Guantánamo, mientras de fondo sonaban esporádicos coros en el tumulto ansioso frente al Palacio Quemado, que la emprendían con "¡Evo / amigo / el pueblo está contigo!" y "¡Se siente / se siente / Evo para siempre!".

Por la radio portátil de Marcos escuchábamos los parciales de las primeras mesas escrutadas, que se ensañaban con los resultados en la capital de Santa Cruz e insinuaban resultados inesperados para el oficialismo. El clima era de fiesta, se veía a señoras bailando envueltas en enormes Wiphalas y en una esquina se empezaba a inflar un enorme escenario multicolor dónde más tarde tocarían algunas bandas. La expectativa de máxima para el SÍ era conseguir más del 65% de los votos, repitiendo el resultado del último referéndum en el que la presidencia de Evo Morales había sido ratificada con el 67%. Con el correr de las horas, y los datos negativos de Santa Cruz y Sucre, parecía un número difícil de repetir, y cuando Evo salió al balcón alguno dijo verlo preocupado. Quizás también emocionado, anunció que se iniciaba una nueva etapa histórica para Bolivia. De la llamada Media Luna, las prefecturas del Oriente, opositoras y con menor presencia indígena, dijo que desde entonces no exisitiría en el país más que una única y gran Luna Llena, comentario vitoreado por los exhaltados integrantes del Comité Cívico. Los resultados definitivos no estarían disponibles hasta dos o tres días después, cuando terminaran de llegar a los Centros de Cómputo las urnas y actas de las mesas de las zonas rurales. Se rumoreaba que aumentarían el porcentaje en favor del gobierno, tal como sucedió.

Entrada la noche nos fuimos a comer a una local de salchipapas, con Marcos y Mai, Leandro y la novia, y residentes del Carretero. Casi todos se iban al día siguiente. Yo me había quedado sin planes.

martes, febrero 3

¡Gringos, erradiquen sus narices!

"Los Morales se installaron en la Villa 14 de Septiembre, un pueblo de unas treinta chozas de troncos sin puertas ni ventanas con algunos cobertizos que se improvisaban como bares. El camino moría en un río sin nombre por donde llegaban canoas de tronco repletas de coca, yuca, papaya y banana.
La cotidianidad cambió para Evo. Al principio creyó que podía vivir a base de frutas. Desayunaba jugo de naranja y el resto del día comía papaya y plátano. A los pocos días sintió mareos y empezó a cocinar arroz y yuca y a cazar algún jochi. Sus manos se hicieron ásperas de tanto usar el machete y sentía que se le reventaban. Los antiguos colonos le explicaron que lloraban sangre."

Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales. Martín Sivak, Editorial Debate, 2008.

La Paz

24-1

Los mercados callejeros se extienden en todas direcciones. La Paz parece el epicentro, la fuente desde donde se desparaman las hileras de puestos, tablones y vendedores ambulantes que, según estadísticas, dan vida al 70% de la economía boliviana, de carácter informal. Siguiéndolos a pie, parecería posible atravesar el país entero, casi sin apartarse de una fila ininterrumpida de ofertas, una misma feria que a lo sumo se vuelve más espaciada en las zonas residenciales de clase alta, o en los caminos montañosos donde la venta de tentempiés la realizan cada tantos kms las chicas, refugiadas a la sombra de un árbol, pero que vuelve a cobrar vida en las cercanías de los pueblos y estalla en una apoteosis comercial en distritos como El Alto, el mega barrio periférico de La Paz, surgido en media de las oleadas inmigrantes de campesinos expulsados de su tierra por la pobreza, y que hoy alberga a casi dos millones de personas y una feria callejera que se pierde en el horizonte de calles, a lo largo de más de 5km. Los precios ahí mejoran varias veces a los de sus contrapartes de La Paz, que reluce, vista desde arriba, como un pozo lleno de chapitas de gaseosa y monedas de plata. Se suceden las pilas de ropa usada importada, como si todas las Ferias Americanas del continente se hubieran dado cita para la Copa Libertadores de la ropa a bajo precio, y unos días más tarde el tráfico del centro se sumerge en el caos por una manifestación de vendedores contra un decreto que limita el ingreso de textiles usados al país. (Parecido a otro conflicto que ronda la ciudad, el de los chóferes de mini-buses que llegan de Japón, vía Chile, tras varios años de uso, listos para extinguir su vida útil en los callejones sin salida de La Paz, sus nubarrones de smog, sus bocinazos como ráfagas de ametralladora en Vietnam).
Me compro un piloto negro en El Alto, para sacarme las ganas, mientras como empanadas y tomo jugo de piña, suspendido en oleadas de olor a fritura y caldos que desprenden los carritos de comida, y doy unas vueltas por las zonas aledañas, los hoteles baratos, las casas especializadas en telas, repuestos de autos, el mercado de frutas y verduras, las mesas repletas de muñequitos de plástico de personajes de historietas y la televisión, donde me compro un Krusty el payaso. Al final, pregunto si se pueden conseguir artesanías y una señora de un puesto de bollos y repostería me habla de una feria de "las Alasitas" para la que tendría que tomarme otro mini-bus, lo que hago luego de especular con la posibilidad de perderme sin retorno, aunque en el trayecto me cuentan que las Alasitas no abre hasta el sábado, pero que además este fin de semana se inaugura su Fiesta anual en el centro.
Y allí vamos con Mai y Marcos el sábado a la mañana. Hay rumores de que Evo Morales va a protagonizar el acto de inauguración, pero sólo asiste el vice Álvaro García Linera, la pata intelectual-universitaria-blanca del gobierno, que en un reportaje dijo, hace un tiempo, que su meta política desde hace más de treinta años era ver a un aborígen en la presidencia de Bolivia, lo que tal vez sea una de las razones por las que se lo ve tan distendido y de buen humor en el escenario. Mientras daba sus palabras de bienvenida, la feria de las Alasitas hervía de gente y ofertas, y un Ekeko viviente se paseaba por las calles, un tipo robusto con la cara entalcada, redonda y un bigote recortado, con un gorro colla, un chaleco y cargado de bolsas de maíz, cigarrillos y fajos de billetes que le colgaban de la ropa como de un cuerno de la abundancia, y que avanzaba apurado entre la muchedumbre, huídizo como el Conejo de Alicia en el País de las Maravillas, escabulléndose de las personas que intentaban tocarlo y recibir, supongo, los mismos augurios de buena fortuna para el año entrante que es, justamente, lo que ofrecen la mayoría de los puestos de esta Feria, que se repite quince días al año en las plazas de la ciudad, y que Linera define desde el escenario diciendo que "mi pueblo no necesita de las Islas de la Fantasía porque tiene a la Alasita".
La primera impresión es que los bolivianos están completamente locos. En la Alasita se venden miniaturas. Hay fajos de billetitos, casitas, autitos, mini-insumos para la construcción, palitas, pequeñas carretillas, bolsitas de cemento, también pasaportes diminutos, títulos universitarios, contratos de trabajo, copias idénticas y reducidas para completar con el propio nombre y hacer "challar", bajo el humo de fogatas aromáticas que impregnan el aire y que, en manos de ciertas personas, ofrecen una suerte de bendición para que los deseos de los visitantes, representados por las miniaturas que hayan elegido, se cumplan en el nuevo año.
El frenesí miniaturizante va más allá de los amuletos, y en los pasillos serpenteantes de la feria se venden también mini-bollos, mini-tortas fritas, mini-cubanitos rellenos, mini-helados en palito y mini-botellitas de Coca-Cola, whisky y más bebidas. Mai compra un enorme kit de productos domésticos, paquetitos de fideos, harina, aceite, mini-legumbres y jabones en polvo, de marcas top, un equipo completo para regalarle a su sobrina, aunque acá se lo destine a propiciar la abundancia en las economías hogareñas. Yo me compré una colección de números miniatura de la Bestia Pop chilena, el gran Condorito, que goza en Bolivia del mismo prestigio que en el resto del continente. La señora que me la vendió me dijo que se podía "challar" las mini-Condorito para tener buen humor el resto del año, pero parecía estar mandando fruta.
Más tarde me fui al Mercado de las Brujas, otra de las modulaciones del continuum de ferias que se superpone a la geografía de Bolivia, en este caso dedicado, históricamente, a yerbas curativas, y amuletos como los fetos de llama disecados, que cuelgan de la entrada de los puestos, muchos orientados hoy al fetichismo turístico de los bolsos tejidos, y otros textiles del altiplano. Me compré unos pedazos de palo santo, que se pone a quemar y llena el ambiente de un humo aromático. En un local medio perdido tenían máscaras de carnaval, como las que vi en el Museo Etnográfico, y me compré una de algarrobo pintada de colores, con una nariz puntiaguda y sonrisa de guasón, que, me dijo la señora, representa al Kusillo, el bufón de los Andes, en algunos carnavales aymaras.
Planeé comprarme una piel de tigre, de las que vendían en ciertos puestos. Unos días más tarde, leo en la guía Lonely Planet de un australiano, consejos para un turismo responsable, que incluyen resistir a la tentación de adquirir artesanías que pongan en riesgo la vida de especies en peligro de extinción. Ahora siento que me falta algo.
Los días previos al referéndum reina la calma en La Paz. Los únicos exhaltados son los editorialistas de los diarios, que pronóstican el fin de la Nación boliviana, y la emergencia de mil Estados separatistas, fogoneados por la irresponsabilidad del gobierno, el populismo. El domingo del referéndum está prohibido el tránsito en las calles, y los chicos juegan a la pelota y corren por todas partes. La gente se reúne a comer algo en los únicos puestos de comida a la vista, en las puertas de las escuelas, por donde transitan plácidamente los votantes.

lunes, febrero 2

Destination South America

"Los auténticos viajeros aman América Latina. Pareciera que el continente hubiera sido creado para viajar. Es de ese tipo de lugares que ofrece nuevos desafíos a cada paso, y que te recompensan con emociones que nunca habías imaginado. (...) En definitiva, no pienses en América Latina como un lugar. Más bien, se trata de algo en lo que tú mismo te transformas, que te abosrbe y que cambia tu forma de pensar y de ver la vida. Tan pronto pones un pie en suelo latinoamericano, comienza la transformación."

South America on a Shoestring. Ed. Lonely Planet, 2007 (trad.)
21 - 1

Del lago volví a La Paz hace un par de horas, y conseguí lugar en el ya mítico hostal "El Carretero", un viejo edificio de tres pisos y un patio central, de habitaciones baratas para compartir, en donde a toda hora suenan guitarras que por estos días interpretan casi únicamente clásicos del cancionero del rock argentino, y una que vengo escuchando hace días que dice "Por un beso de la flaca yo daría lo que fuera...", y que suena en el letargo de las percusiones improvisadas, en donde las canciones se alargan y el auditorio se renueva varias veces antes de que promedie el show. En las paredes, proliferan los graffitis como en un pedazo del Muro de Berlín tomado por turistas argentinos, y los encargados son amigables en un grado casi inverosímil: dominan el arte de la hospitalidad, como si hubieran decidido tratar a todos lo que llegan con la misma actitud, ahorrándose las presentaciones y manteniendo con todos los huéspedes el mismo diálogo ininterrumpido, iniciado quién sabe hace cuánto.

**

Cae la tarde y en el hostel retumba una banda de bombos y vientos, una mini orquesta de franceses que ensayan en los corredores temas del repertorio bailable-folk-internacional. Suenan ajustados, en la línea de las bandas de sonido de las películas de Kusturica, y los encuentro más tarde en medio del mercado de la Iglesia San Francisco, rodeados por un gentío que se agolpa incluso en el puente que cruza la Avenida. Desde ahí llueven aplausos, aunque me pregunto cuán sustentable podrá ser para los quince franceses el método de pasar la gorra que, anunciado como final del espectáculo parece producir la dispersión del público, por más que muchos curiosos se queden observando a los músicos mientras guardan los instrumentos, siguen saludando y sacándose fotos como celebridades.

23 - 1

A la noche vuelvo a ver a los franceses en el acto por el cierre de la campaña por el Sí en la Plaza Murillo, abriendo el show con la Cumparsita frente a delegaciones de la Central Obrera, Mineros, Comités Cívicos y Campesinos de todo Bolivia. Les siguen bandas de folklore, de música y danza, de todas las regiones del país, en una secuencia exhaustiva que no excluye ni siquiera a la comunidad afro-boliviana, que sale al escenario con tambores y cantos de candombe. Más tarde, Evo Morales desde el escenario frente al Palacio Quemado, la Casa de Gobierno, va a decir que la fiesta es una muestra concreta de la diversidad política y cultural que la Nueva Constitución Política del Estado pretende implementar en el país, cuyo Estado aparece definido como una entidad pluri-nacional que reconoce el derecho a formar gobiernos autónomos a los distintos grupos originarios, que podrán administrar los recursos de los territorios que ocupan, además de utilizar su propia lengua, reconocida, entonces, como lengua oficial junto al castellano.
En la plaza me encuentro, como habíamos quedado, con Marcos y Mai del EDE, y escuchamos los discursos de los dirigentes que dan su apoyo a la Nueva Constitución, y las palabras finales de Evo, seguidas de fuegos artificiales y una banda de chicas aparentemente célebres en la escena tropical del país. Nos vamos, pero en la plaza quedan montones de personas charlando y tomando vino o cerveza. Me despido de Marcos y Mai, que también están en el Carretero, y me voy al mercado a tomar un licuado de frutilla. Una enorme fosa atraviesa la Avenida, está llena de andamios y estructuras de hormigón, y según anuncia un cartel forma parte de un plan de desarrollo urbano y reordenamiento del espacio público de la ciudad. Parece que quieren reemplazar la enorme feria callejera frente a la iglesia San Francisco, por puestos ordenados según rubros, reinstalados en un edificio con escaleras mecánicas, estacionamiento y supervisión inteligente del tráfico humano. No parece fácil.

Los destinos del verano boliviano

1 - Cuzco (Machu Pichu)
2 - El Salar de Uyuni
3 - La Paz
4 - Rurrenabaque (Beni)

Los libros

1 - Las venas abiertas de América Latina (E. Galeano)
2 - Rayuela (J. Cortázar)
3 - Jefazo. Retrato íntimo de Evo Morales (M. Sivak)}

Los platos

1 - Humintas
2 - Salchipapa
3 - Sopa de Maní, Chairo, Quinua
4 - Licuados de Mango, Guayaba, Plátano, Chirimoya, Frutilla, Papaya
5 - Pollos a la Broaster
6 - Empanadas Tucumanas, Salteñas
7 - Sajta
8 - Papas a la Huancayna
9 - Api con Pastel
10 - Helado de Canela