miércoles, enero 28

En la Isla del Sol

17-1

Hoy llegué a Copacabana, un pueblito a orillas del lago Titicaca. Estuve acá hace 10 años, y también en Potosí, la vez que viajamos con Franco cuando terminamos el secundario. Esa vez llegamos hasta Machu Pichu con 500$ de los dorados años 1 a 1, y sin duda no recuerdo el modesto boom turístico que se aprecia ahora en las pocas cuadras alrededor de la plaza, la feria de recuerdos de viaje y textiles, los barcitos ambientados a la usanza global, en los que suena Manu Chao y los chicos argentinos se pasea, nos paseamos, como por la peatonal de Villa Gesell. Enfrente de la Iglesia los visitantes extranjeros confluyen con la corriente migratoria interna de bolivianos que vienen a recibir la bendición de la Virgen de Copacabana, hileras de autos y 4x4 recién estrenadas, decoradas con flores y rociadas con champagne, que impregna el aire de un gusto dulzón y que en estos días reciben los buenos augurios que, quizás, les eviten accidentes e incrementen las ganancias que les depare el futuro.
A la noche, el sol se pone frente a la bahía de aguas plomizas. En algunas direcciones se divisan elevaciones, cubiertas de bruma, como manchones del cielo nuboso, pero en otras el horizonte se extingue en el agua y el lago parece interminable. Baja la temperatura, como en invierno, y las nubes se tiñen de rosa y naranja, mientras los chicos estacionan las lanchas, los botes y las embarcaciones a pedal con forma de cisne con las que transportan a los turistas hasta la Isla del Sol, o que les alquilan para dar vueltas por la costa.
El menú acá es trucha con arroz y papafritas. Me siento en un puestito a la orilla del lago, y se me suma un asturiano con el que nos ponemos a charlar. Instructor de ski, a la tarde intentó contratar un vuelo en aladelta, sin resultados, y tras charlar sobre tipos de cambio y precios relativos en el circuito turístico internacional quiere invitarme la comida. Me niego, pero al final le acepto una cerveza y me cuenta de la vez que conoció a Kiko Veneno, el héroe viviente del rock español.

19-1

Ayer llegué a la parte sur de la Isla. En el muelle, dos integrantes de la comunidad originaria local detienen el flujo de turistas para cobrar 5$ el derecho de admisión. En el camino que el Sur con la parte Norte se repite el procedimiento, por parte de otra comunidad, lo que no deja de producir reacciones airadas en el colectivo de turistas argentinos, ironías por el hecho de que cuesta lo mismo pagar un barco que usar el arduo camino que recorre los cerros hasta la playa y las ruinas.
En la Isla proliferan las terrazas de cultivo en laderas que declinan hacia el agua, en la mejor de las cuáles yacen los restos de un palacio Inca y, a pocos metros, una pesada mesa de piedra pulida rodeada por bloques de roca tallada en forma de cubo. "El Stoneghege boliviano" dice un pelirrojo con gorro colla y cámara digital en la mano, que me ve sentado sobre el patrimonio arqueológico y me pregunta por su significado, el cual ignoro por completo y que por lo demás no parece inquietar demasiado a nadie. Tras 3 horas de caminata, matizada por la falta de aire y las vistas panorámicas al lago metalizado, se llega a las ruinas y al camino que baja hasta otro pueblito costero, con más bares y pensiones baratas.
Cuando paso por el viejo palacio de piedra, encuentro a una señora vestida con pollera y chalina de lana que trabaja en uno de los muros levantando las piedras del suelo y volviéndolas a colocar, para reconstruir su forma luego de que las lluvias produjeran un derrumbamiento. Nada indica la presencia de un equipo de arqueólogos, ni de arquitectos ni técnicos de cualquier tipo, que acompañen la tarea de la señora, que me sonríe y me explica que cuidan la Isla y evitan que el edificio sufra el paso inevitable del tiempo. Unos chicos, turistas argentinos, sacan fotos al lago desde uno de los balcones, indiferentes por completo al esfuerzo de la señora, que cada tanto se detiene y retrocede unos pasos para observar cómo van quedando los arreglos. Me acuerdo de los reparos de las chicas que conocí en Iruya, asustadas por la acción erosiva de las hordas turísticas y por las esencias de los pueblitos aislados en la montaña, amenazadas, distorsionadas por el tímido florecimiento de la industria de servicios y entretenimientos. También, del asturiano que ayer me decía que todavía, de todas maneras, no había sentido la "magia" en el Titicaca, esa sensación que sí lo había abordado en Benarés, en la India, aquella vez en que surcó el país a través de la afamada red ferroviaria que le legara su pasado de sometimiento al Imperio Británico. A eso iba a Machu Pichu, la ciudad sagrada de los Incas, a recorrer el viejo camino de piedra de tres días rumbo al santuario, y que hoy es motivo de desvelo para los mochileros argentinos y latinoamericanos que ven esfumarse sus posibilidades de emprender una travesía sometida, desde hace algunos años, a un régimen de tarifas y cupos de ingreso por parte del Estado, destinados a revalorizar y proteger el patrimonio cultural, y que por ende, vuelven prohibitivo el paseo por los cerros, la procesión, la llegada a las ruinas al amanecer del cuarto día, los edificios entrevistos a los lejos entre el cansancio y la vegetación, como sucedía entonces, y que ahora sólo está disponible en la zona del Euro y aledañas.

21-1

En la playa del Norte jugamos a las cartas. Los chicos de la zona ofrecen cerveza fría, o se meten desnudos al lago. Cada tanto se pasean burros y vacas, que pastan en los manchones de pasto desperdigados por la bahía. Se ve un chancho correteando con una soga al cuello que no logró retenerlo en el poste, donde lo habrá atado su dueño.
Nuestro hostal es una vieja casa atendida por un chico de catorce años. Está en un patio cuadrado que alguna vez se habrá imaginado como la plaza central del pueblo. Hay varios hotelitos y una iglesia derruida, de portones siempre cerrados. Parece abandonada, con el campanario vacío y cuando me asomo a una rendija no veo rastros de altar o bancos, sólo trastos viejos apilados, juntando polvo. Parece una baulera. (Me pregunto si se animarán a convertirla en hostal de habitaciones compartidas. Ojalá lo hagan.).

sábado, enero 24

Wiphala

14-1

Estoy en la estación de buses de Cochabamba. Es un hervidero, aturde y parece mucho más grande que Retiro, más que cualquier concentración de personas que haya visto en Argentina alrededor de un medio de transporte. Pero después, en persepectiva, la impresión debe venir de la cantidad de paquetes arrastrados, las mercaderías bajadas con sogas del segundo piso a las plataformas, el personal circulando a toda velocidad, los vendedores ambulantes de pasajes, a los gritos, el estilo de feria callejera y frenética que se extiende por Bolivia. Hoy estuve en el mercado frente a la estación, que se pierde en el horizonte en un damero de tiendas y pasillos con ofertas todos los rubros, aunque no encontré mallas y tuve que comprar una en el centro. La mía la dejé en el hotel de Potosí.
Acá estuve solo, había quedado en encontrarme con el malabarista y las payasas rosarinas en el hotel Concordia, pero llegué un día antes y la calle Aroma del hotel, de pasillos lúgubres, y enrejados más parecidos a los de las Casas de Cambio en ciudades de frontera, que a cualquier otra cosa, hace honor a su fama, de la que luego me advertirían.
Anduve dando vueltas. En la plaza 14 de Septiembre , la campaña por el Sí. Micrófono abierto, y una cola, hileras de macetas en el suelo con brotes verdes. Una mujer con aire a Susan Sontag saca fotos. Lleva una pechera que reza "Misión Veedora de la Unión Europea". Es la única turista que me cruzo en Cochabamba. Los que leen un artículo de la Nueva Constitución por el micrófono pueden llevarse su planta.
A la noche, se juntan a debatir grupos de personas en la plaza, rodeada por el resabio colonial de una recova de arcos, ocupada por la Catedral y las oficinas de Gobierno, un estilo erosionado casi por completo en el resto de la ciudad. Es tradición, me cuenta un chico, mientras escuchamos a un coro de personas que debate sobre el rol del neoliberalismo en las políticas seguidas por Bolivia en los úlitmos años. Hay un rubio con un morral cruzado que parece un anarquista de la Facultad de Sociales. Es suizo y está casado con una boliviana, me entero. Lleva masticada la discusión con varios de los que lo escuchan pregonar contra la intolerancia de los "cambas", los bolivianos del Oriente, la medialuna de Pando, Beni y Santa Cruz, pero también se lo oye arengar por menos burguesía y más anti-capitalismo para la Nueva Constitución y el gobierno de Evo Morales. Algo así piden las pintadas que se ven en las calles, firmadas por una Juventud Comunista y grupos anarco-punks. Por lo demás, la campaña por el Sí sigue su curso, con mucho más entusiasmo y presencia en las calles.
A la noche, además de la ronda sobre neoliberalismo había otras sobre religión, algunas más chicas de amigos sobre prefectos y política de hidrocarburos, una que trataba el arresto de un dirigente estudiantil denunciado a la tarde con banderas y discursos. Al rato, empieza un show de hip-hop, de unos chicos que instalaron unos parlantes potentes y presentan a un conjunto de chicas bailan una coreografía, después a unos raperitos que no sumaban veinte años entre los dos. En un impasse, un pastor evangélico toma la palabra y divaga sobre el lenguaje juvenil, las tribus urbanas, la necesidad de acercarse a los chicos, a los que parece haber motorizado y a los que pretende tomar como paradigma de algo que no me quedo a escuchar.
Por la San Martín, ceno humita, salchipapa y licuado de papaya. Es un circuito transitado y mal iluminado, como Once o Constitución. Al otro día, llego hasta el barrio más rico del otro lado del río, donde las casas tienen jardín, rejas y vigilancia privada. Casi no hay cholas ni puestos en la calle.
Me voy de la ciudad, tras repasar la lista de compañías de buses en la terminal y elegir la que se llama Urkupiña, como la Virgen a la que le rezó el hombre que me vendió el amuleto en Tupiza. Me inspiran poco los micros de Bolivia, y éste para dos horas en medio de la noche y del griterio del tráfico amontonado en medio de un pasaje de la sierra. No pasa nada, seguimos inmóviles y alguien que pretende bajar se encuentra la puerta del micro trabada. Estamos atrapados, y me asombra, me exaspera la tranquilidad de los pasajeros que siguen durmiendo. Llegan rumores de un deslizamiento de tierras, y me imagino sepultado bajo un ola de barro y tratando de escapar por la ventanilla entreabierta. Finalmente, el bus vuelve a arrancar y adelantamos una hilera de camiones que desemboca en un arroyo crecido, los faroles lo iluminan, lo atravesamos a los saltos y retomamos el camino con la misma placidez con la que nos habíamos detenido. Convencido de que no se puede dormir en un asiento trabado a 90 grados, sigo el consejo del chico sentado al lado mío y me tiro en el piso con la mochila de almohada. Mucho más tarde, llegamos a El Alto, y cuando empezamos a descendear por los caminos del pozo que conduce a La Paz, el cielo negro se inunda de una franja de luces que me hace acordar a los paisajes estelares que navegan las naves de La Guerra de las Galaxias. Parece una ciudad hermosa.

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(Unos días antes, había estado en Sucre, la ciudad blanca, el corazón de la independencia americana, la sede de la tres veces centenaria Universidad de Chuquisaca, hasta donde se arrimaban a estudiar algunos que luego reaparecerían en la Revolución de Mayo.
Sucre es blanca, silenciosa como un campus universitario. Extraño los bocinazos de los mini-buses estampados contra las fachadas decoradas de Potosí, los portones de madera, el griterío desesperado del centro, como un lamento por los compradores que pasan y no compran.
En el Museo de Etnografía y Folklore, una muestra de máscaras de carnaval de todas las regiones del país, brilla más que la próxima producción de Tim Burton y no se explica que los diseños no hayan alcanzado algún limbo POP como el que convirtió a los dragones del carnval chino en lugar común del imaginario internacional sobre culturas orientales. Digamos, que no hay chinoiserie boliviana. Salvo la de los pulóveres y los morrales tejidos, pero esta sería muchísimo mejor, le daría un colorido trash a la imagen de Bolivia que le haría mucho más justicia. Más que la que le hacen los estudiantes de Sociales y sus gorros de lana con llamas marrones, grises crema.)

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Nuestra lucha

12-1

Ayer, cuando nos íbamos de Potosí, nos cruzamos con una marcha a favor de la Nueva Constitución Política del Estado que promueve el gobierno de Evo Morales, y que va a recibir, aparentemente, la aprobación definitiva en el referéndum del 25 de enero. Una columna de un par de cuadras, a la que la gente se acercaba para recibir el merchandising del Sí, pósters con la imagen de Evo, de Evo y García Linera abrazados en un estrado, listas detalladas de las princiales medidas del gobierno, la nacionalización de los hidrocarburos, la sanción de Bolivia como territorio libre de analfabetismo, las transferencias de dinero a sectores pobres mediante la Renta Dignidad para jubilados, y el Bono Juancito Pinto para los chicos. La "Tentación autoritaria", la "agudización irracional de los conflictos", y la "desunión nacional" leo unos días más tarde en El Corro de Sucre, una Editorial que podría haberse publicado varias veces en los diarios de Argentina de los últimos tiempos, e intuyo que también en otros países de la región, como si los problemas reales no existieran más que como efecto no deseado de las políticas del oficialismo, la falta de diálogo y buenos modales, y como si fueran a desaparecer si los gobiernos trataran mejor a la oposición (en estos días sigue su curso la investigación por la masacre de 20 campesinos afines al gobierno en Pando. El prefecto de la región sigue con prisión preventiva). En la marcha se corea: ¡Sí se aprueba!" y "¡Por el sí, Potosí!". Es un día soleado y los turistas sacamos fotos a los manifestantes, los acompañamos algunas cuadras antes de irnos a la estación de buses. Las banderas de Bolivia y la wiphala de los pueblos originarios le dan un un tono multicolor al acto, que se reproduce en las calles color de barro y piedra en lugares específicos, las pilas de frutas y verduras del mercado, las ofrendas guirnaldas y diminutas imágenges de bonanza en plástico dorado que decoran los autos en la puerta de una iglesia, las mesas que ofrecen licuados de piña, guayaba, mango por unas monedas.
Una noche en Potosí salimos a comer con Candela y Julia, y terminamos inmersos en una secuencia sacada de Afterhour, la película de Scorsese y la "Literatura Nazi en América" de Roberto Bolaño. Comimos pizza, tomamos cerveza en un pub heavy-metal y unas caipirinhas en el bar Chatarra. Potosí parecía encaminarse a la desolación nocturna, y un karaoke instalado en los fondos de una casona parecía confirmarlo, vacío y a punto de cerrar. Preguntamos por algún bar, a la vuelta de la peatonal, a oscuras y vacía. El bar Chivas acabaron sugiriendo un trío de chicos por el que nos vimos conducidos, después de que otro pub les prohibiera el paso, sólo para turistas. Ahí estábamos, en el callejón mientras negociaban nuestro ingreso frente a una puerta cerrada y un encargado que parecía desconfiar de nuestros anfitriones, uno de los cuáles se tambaleaba en la vereda, mientras los otros dos se mostraban tan entusiasmados con las copas que compartiríamos, que sumado a lo errático de todo intento de conversación, y la insistencia, y los nervios del portero, no dejaba de recordarme historias de dóciles turistas conducidos a coordenadas oscuras y despojados de su dinero, que era en lo que más pensaba mientras veía iluminarse la cara de contento de Alejandro y su amigo cuando lograron hacernos pasar para llevarnos a un cuartito del fondo, apartados del bullicio etílico, las luces amarillas, los hombres solos recostados sobre las mesas, un par vencidos en los rincones, y hasta donde llegaron unas cervezas y trastabillamos una charla entrecortada. B. había vivido en Buenos Aires, en la villa 31, trabajaba de albañil. Ahora estudiaba en Potosí, con sus amigos. La plata le alcanzaba en Buenos Aires para ir a recitales. Rata Blanca, por algún motivo, goza de una popularidad enorme en estas tierras. Había algo tenso en el ambiente, como si ninguno de nosotros terminara de acertar en qué pensaban los demás. Las bandas de heavy, Iron Maiden que nunca llega a Bolivia, pero a Argentina sí. Los turistas, a los chicos les gustaba arrimarse. Una cervecita, "somos gente bien", este es un lugar tranquilo, no hay que preocuparse, las aclaraciones que oscurecen y Alejandro, que en algún momento esbozó su idea de que Bolivia debería cobrarles mucha más plata a los extranjeros, que se aprovechan de sus precios bajos. Y ya que estábamos, alguien preguntó por Evo y comenzó el derrotero in-crescendo, de una noche que terminaría más tarde, todavía ahí, en el último fondo del bar Chivas, ni yo ni Julia ni Candela con ánimo de cortarle la charla a los chicos, o a su vocero, al borde de la ofensa, susceptible a los atisbos de negar otra cerveza, y con ganas de hablar de Evo, la misma mierda, decía Alejandro, enfurecido, inclinado sobre la mesa, los ojos húmedos. Mientras yo descartaba las intenciones que les había asignado, a lo Lombroso, como despojadores de billeteras, Julia preguntaba porque había oído a Alejandro hablar de Bolivia como un país sin auto-estima, entregado al extranjero y sin identidad (le gustaban los argentinos, porque amaban a su patria), y, curiosa, Julia quiso saber a qué nacional-socialismo se refería tan excitado. Y ahí pasamos de nivel, pedimos más cerveza y Alejandro siguió de largo, después de arremangarse la campera para responder y decir que se refería a "éste" extendiendo el brazo y mostrando su tatuaje de una pseudo-esvástica, ahí mismo en el subsuelo del último bar abierto de la noche potosina, mientras sonaban los Redonditos de Ricota, y B. sonreía siempre y su amigo semi-inconsciente se paraba como podía y desalojaba a otro tambaleante que se nos quedaba mirando, después se dormía en el sillón y Alejandro nos introducía en sus lecturas, sus ganas de reivindicar a Hitler, mal entendido, Schopenauer y Nietzsche (tiró en un momento), las cosas buenas del nacional-socialismo, no las malas, y sus ganas de formar un grupo de personas que le pusieran un límite a los abusos étnicos de Morales, y que sacaran a Bolivia de esa manía que llamaba xeno-filia, amor a lo extranjero. Estaba escribiendo un libro. Iba a dar su sangre, si hacía falta, dijo, pero ya no había nada que pudiera sonar real ni remotamente, la charla se empantanaba y los argumentos se reotorcían como podían.Por momentos nos tentábamos. La noche se anunciaba larga, y los tres turistas en tierras iertamente extrañas supimos que llegado ese punto no quedaba otra que seguir con otra tanda, y que fuera lo que fuera.

miércoles, enero 21

11-1

En el micro a Potosí, cuando nos bajábamos, conocí a dos chicas, las únicas turistas además de mí, en el recorrido desde Tupiza. Venían de Villazón y les dije si querían que buscáramos hospedaje.
En la saturada oferta hotelera de la ciudad, cuando anochecía y sin ganas de caminar, conseguimos una habitación para tres en la pensión de una señora, que se las arregló para disimular el hecho de que su propuesta de baño privado no incluía agua caliente, salvo en los baños del Mercado Central, enfrente. De noche, el centro de Potosí contiene a presión flujos de tránsito congestionado que dedica bocinazos a todo lo que se interponga en su camino, o esté cerca de hacerlo. Suma estridencias con el grito de los chicos asomados a las puertas de las combis-colectivos que anuncian los destinos de cada línea, interpretando una especia de copla frenética e inenentendible. Además, la topografía montañosa de la ciudad, las veredas angostísimas, la venta callejera que prolifera en todas direcciones, la comida frita, los jugos de todos colores, los 4000 mts de altura, el aturdimiento y las fachadas de antiguos aposentos coloniales, patios sombríos, adornos barrocos, balcones de madera como miradores privados a las calles, los faroles amarillos, la Villa Imperial arrasada por la historia.
El sonido ambiente se disipa, la mega-urbe en miniatura desaparece unas cuadras más abajo, hacia la periferia. En la peatonal, puestos de lomitos con papafritas a los que se arriman grupos de chicos y chicas de la extensa población estudiantil de la ciudad.
Julia es de Rosario y Candela de Buenos Aires. Sus planes incluyen terminar el viaje en la zona selvática de Bolivia, Coroico, el destino famoso en los úlitmos años por la ruta de acceso que atraviesa la montaña y que ganó el sobrenombre de "La ruta de la muerte", por la tendencia de los micros a desbarrancarse en sus desfiladeros de cientos de metros de altura, desde el camino de tierra de una sola mano en el que las ruedas solían bordear el precipicio como un dedo la hoja de un cuchillo. De Coroico van a ir a Tocaña, un pueblo de la selva habitado por una antigua comunidad de afro-bolivianos. Después, a Rurrenabaque, más adentro de la selva, en donde, dicen, hacen falta vacunas contra la tifoidea y pastillas para la malaria.
Me tienta seguir su ruta, sobre todo ahora que la gestión de Evo reemplazó el viejo camino de tierra a Coroico, por una ruta de asfalto. (Me acuerdo de Pablito, de sus relatos, despertando a los gritos a sus compañeros de viaje en mitad de la noche, lívido frente a las volanteadas temerarias de un chófer, por lo demás, inmutable e inaccesible).

miércoles, enero 14

The end of the world

6-1

Paramos en Tupiza. Ayer estuvimos toda la tarde haciendo la cola de migración. El resto del día atravesamos el altiplano desértico, por caminos de ripio o tierra que parecen construidos para unir ciudades en carretas. Caseríos de adobe y kilómetros de sierra terrosa y áspera. Cada tanto una nena vestida de chola ofreciendo quesos de cabra al costado del camino. Rebaños de cabras espantados por la bocina del micro.
El hospedaje en Tupiza está agotado. Quedan unas camas en los hosteles más caros, como en Villazón donde los pasajes se agotaron a media tarde y en la cola fronteriza había rumores sobre camiones de carga que subían gente en el mercado. Conseguimos un cuarto con colchones en el piso en una pensión que parece la vecindad del Chavo.
El 6 de enero es fiesta de Reyes en Tupiza, una pequeña ciudad polvorienta y encajonada entre un río y elevaciones de tierra, en la que se puede caminar desde el centro hasta las sierras, como en las ciudades antiguas. Acá se peleó la primera batalla que ganaron los criollos contra el Ejército Español en las Guerras de Independencia. Las casas de turismo ofrecen excursiones a la ruta que siguieron Butch Cassidy y Sundance Kid a su paso por la zona, la cueva donde, dice, los mataron. A la noche vamos a la Fiesta, en las afueras, hileras de puestos de humitas, empanadas y guisos de maíz y carne de llama. En ruletas improvisadas llenas de dibujos y colores, se levantan apuestas. La gente tira monedas. Hay tiro al blanco y metegoles. Una pequeña muchedumbre que desfila o se queda escuchando las bandas en el escenario. En un puesto, compro un amuleto para la buena fortuna, un fajo de Euros atados con una cinta dorada, que el vendedor envuelve con cuidado en un nylon y me coloca entre las manos extendidas. Enciende un brasero con alguna suerte de incienso y hace un rezo señalando la figura de una Virgen sobre el tablado. La Virgen de Urkupiña, me dice, y me invita a conocer el santuario en Cochabamba, como tantos, dice, en todo el mundo, que vienen a visitarla. No parece tan convencido, como si supiera que en este caso la transacción se reduce a entretener a un gringo.
En el escenario, conjuntos de danza hacen breves shows anunciados como la antesala del inminente carnaval. Al fondo, se ven las luces de una vuelta al mundo que gira lentamente en la oscuridad punteada de guirnaldas luminosas.

7-1

Los chicos con los que estoy pasaron la noche en la estación de trenes para conseguir boletos a Uyuni. Yo me quiero quedar otro día más acá, y las camionetas que van al Salar, la gran atracción de la región, ya salieron o no consiguen llenar el cupo mínimo de turistas. Doy unas vueltas en busca de personas para incluir en el tour, hablo como un agente de turismo. En la estación, los pocos mochileros que llegan me miran con desconfianza. Mañana me voy a Potosí.

domingo, enero 11

Preámbulo

"En tiempos inmemoriales se erigieron montañas, se deplazaron rios, se formaron lagos. Nuestra amazonía, nuestro chaco, nuestro altiplano y nuestros llanos y valles se cubrieron de verdores y flores. Poblamos esta sagrada Madre Tierra con rostros diferentes, y comprendemos desde entonces la pluralidad vigente de todas las cosas y nuestra diversidad como seres y cultural. Así conformamos nuestros pueblos, y jamás comprendimos el racismo hasta que lo sufrimos desde los funestos tiempos de la colonia.

El pueblo boliviano, de composición plural, desde la profundidad de la historia, inspirado en las luchas del pasado, en la sublevación indígena anticolonial, en la independencia, en las luchas populares de liberación, en las marchas indígenas, sociales y sindicales, en las guerras del agua y de octubre, en las luchas por la tierra y territorio, y con la memoria de nuestros martires, construimos un nuevo Estado.

Un Estado basado en el respeto e igualdad entre todos, con principios de soberanía, dignidad, complementariedad, solidaridad, armonía y equidad en la distribución y redistribución del producto social, donde predomine la búsqueda del vivir bien; con repeto a la pluradlidad económica, social, jurídica, política y cultural de los habitantes de esta tierra; en convivencia colectigva con acceso al agua, trabajo, educación, salud y vivienda para todos.

Dejamos en el pasado el Estado colonial, republicano y neoliberal. Asumismos el retor histórico de construir colectivamente el Estado Unitario social de Derecho Plurinacional Comunictario, qu eintegra y articula los propósitos de avanzar hacia una Bolivia democrática, productiva, portadora e inspiradora de la paz, comprometida con el desarrollo integral y con la libre determinación de los pueblos.

Nostros, mujeres y hombres, a través de la Asamblea Constituyente y con el poder originario del pueblo, manifestamos nuestro compromiso con la unidad e integridad del país.

Cumpliendo el mandato de nuestros pueblos, con la fortaleza de nuestras Pachamama y gracias a Dios, refundamos Bolivia.

Honor y gloria a los mártires de la gesta constituyente y liberadora, que han hecho posible esta nueva historia."

(Fuente: Proyecto de Constitución Política del Estado publicada en la Gaceta Oficial de Bolivia el 24 de octubre de 2008)
literaturas que van desde Alberto Gerchunoff hasta León Rozitchner, sólo se produjeron en la Argentina

jueves, enero 8

del Valle de Lerma a Iruya y más allá

31-12

El centro de Salta está repleto. Entro a la ciudad por Florida, la peatonal comercial, luego de pasar por un par de hoteles y encaminarme al primero que me habían ofrecido en la terminal. Hay colas de media cuadra en los cajeros del centro para cobrar el plus de fin de año anunciado por el gobierno para los planes sociales. Más tarde en el supermercado, las mismas personas, muchas mujeres con sus hijos, abuelas, llevan changuitos repletos de comida y algún merchandising navideño. También ahí, colas serpenteantes, una muchedumbre alrededor de la plaza salpicada de turistas que pasean por las calles más lindas de la ciudad. En el Museo del Cabildo restos polvorientos de la vida en la vieja Salta, puertas macizas y negras, cerámicas, enrejados. Pero también, una reseña histórica de los Valles Calchaquíes, de los diaguitas a Martín de Güemes, líder del ejército libertador, comandante de una tropa de gauchos.

En el Museo de Bellas Artes, un dibujo de Güemes hecho por Schiaffino.
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Al lado del Cabildo, una estatua rinde homenaje a un Virrey que ordenó fundar la ciudad.
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En el hostel, asado de fin de año, hay un irlandés que toca el djembé y un colombiano que hace globología. Un chico de israel recién salido de la colimba. Las chicas de Uruguay. Un cartero de Munich. Y más. Nos vamos a la Balcarce, la calle de los pubs y las peñas.
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Estuve leyendo La isla misteriosa de Julio Verne. Parece el Museo Arqueológico de Salta, una historia de la cultura contada en etapas, de los cazadores recolectores a los fundadores del Estado moderno, casi sin sobresaltos. En Verne, sin vitrinas ni retórica pedagógica, y puesta en escena por cinco náufragos que llegan con lo puesto a una isla, caídos de un globo. Entre todos reúnen la Wikipedia de su época, la suma del saber técnico, científico y práctico que les permite empezar refugiándose bajo las piedras, mientras arrecia la tormenta, para terminar domesticando el territorio, criando animales, haciendo obras hidráulicas, instalando un cable telegráfico. Es una novela infantil, como esos juegos en los que los chicos reúnen un montón de cosas y se las llevan a algún lugar apartado, para imaginarse que están en un mundo aislado, donde no falta nada. Hasta que empiezan a ocurrir cosas extrañas. También, es el antepasado de las Aventuras Gráficas de la PC, donde los personajes iban acumulando objetos en listas interminables, que en algún momento de la historia se combinaban entre sí para resolver los problemas a los que se enfrentaban. Los náufragos son como un compuesto químico vertido sobre la biomasa de la isla, y Verne se dedica a describir el proceso de la fermentación, la espuma de la Cultura debordando el vaso de la Naturaleza. Hasta que algo falla. (Gracias Mariano por prestarme la novela!!).
2-1
Anoche llegué a Tilcara, Jujuy. Hoy me levanté y caminé por el pueblo de casitas y calles de piedra. Las sierras, que tal vez sean "la quebrada", aunque no estoy seguro, se ven rojas y como tierra empapada secándose al sol. Fui al mercado y me compré:
-Medio kilo de carne picada
-2 cebollas
-Una bolsita de condimento
-1/2 kilo de ciruelas
-1 frasquito de ungüento mentolado Mentisan, fabricado en Bolivia
-1 frasquito de ungüento Dragon and Tiger, fabricado en China
-Una antología de cuentos usada: "Aquí yace el wub" de Philip K. Dick.
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La milanesa completa está 4,50$ y el tamal 5$.
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Salgo por la ruta y voy hasta las sierras rojas. Se veían sólidas, pero son un montón de barro y piedras, cubiertos de arbustos y cardones. A veces llovizna. En la pensión en la que duermo, hay grupos de chicos y chicas que a la mañana siguiente ya no están. Los escucho armar cronogramas de viaje, y especular con destinos y datos dudosos, rumores sobre el estado de las rutas, los trámites de la aduana, el precio de la comida en Bolivia. Con el tiempo hay tópicos que se repiten, la disponibilidad de alucinógenos naturales en la región y su ingesta en el marco de una experiencia cultural introspectiva, o de su ausencia. Nociones básicas de nudos y tejidos de macramé. Chicas que hacen macramé. Chicas dispuestas a enseñar macramé.
5-1
Nos vamos a la Quiaca con un vasco de Bilbao, un colombiano, un chico de San Justo y unas chicas de Buenos Aires. Venimos de Iruya. El aluvión turístico en el enero quebradeño, 15 micros por día en el pueblito perdido de los cerros. Viejo asentamiento colonial, habitado desde 1650. El efecto del turismo sobre la "esencia del lugar". Hileras de mochileros descargando bolsos y enfilando por la vera del río. De noche refresca. La sensación pseudo-borgeana de sacar una foto al corral de piedra, al paredón de barro. La misma foto almacenada en cientos de cámaras dispersas a través del globo, la intuición de que podrían encontrarse las fotos en Flickr y contactar a sus autores. Una red extendida de personas que sacaron la foto del viejo corral de Iruya. En un barcito, locro y "Rambito y Rambón" en el televisor. Porcel-Olmedo arrancan risas en los parroquianos. Una subida al cerro, una panorámica cada vez más nítida. Las nubes como un denso colchón de niebla sobre nuestras cabezas. En el río, un Ford Escort encallado. En los ojos de los mochileros, la pregunta por la influencia de la horda en el hábitat de los lugareños. La esencia. Los micros que siguen llegando. Y el halo legendario deshilachado y vagamente adherido todavía a los "backpackers", la movida mochilera alimentándose de la promesa de otro lugar, más natural, más aborígen, más barato, más desolado. De Iruya caminando a San Isidro. Por el río hasta Achiras, fuera del mapa. Dos o tres familias, unas casitas. Jafael sacó una foto en Purmamarca del cerro de los siete colores coronado por un arcoiris. Bolivia, Villazón, Uyuni, Potosí, la procesión. (En Cachi el Moro me contó de la fiesta de una virgen local que todos los años convoca a cientos de personas que llevan la imagen caminando tres días desde el pueblo hasta Salta, pero no van por la ruta, van campo traviesa subiendo y bajando los cerros. En el Museo de Alta Montaña de Salta la historia de las momias encontradas a 5000m de altura. Familias subordinadas al mando Inca, que visitaban Cuzco, por los caminos de piedra instalados por el imperio, con sus mejores hijos, y volvían a sacrificarlos en las alturas, pero en línea recta, cortando montañas y ríos, como los fanáticos del parkour, la variante urbana del alpinismo.
En la Quiaca, unas chicas que ya partieron van a comprarnos, o a intentarlo, unos pasajes en el tren a Uyuni, en Bolivia. Sino nos vamos a Tupiza.

viernes, enero 2

Por la 40

28-12

Cachi parece un diminuto enclave colonial olvidado en el medio del valle. Se ven los cerros cubiertos de verde, el cielo cristalino se nubla y sopla un viento fresco. Quedaron ahí varias calles empedradas, ocupadas por casas de adobe blanqueadas, de tejas o techos de barro y paja. Como una villa de vacaciones de una élite que hace un par de siglos no existe. En el museo de Arqueología, entre hileras de petroglifos traídos de las cercanías, una leyenda reivindica el arte precolombino: "Frente a la anodina homogeneidad de nuestra dilución posmoderna, su presencia es toda una ostentación de identidad cultural." Conozco al Moro, que se me acerca para avisarme que la Secretaría de Turismo no abre los sábados mientras esperaba en la puerta. Necesitaba un permiso para quedarme en las camas del Camping Municipal. El Moro tiene 17 años, le gusta andar con los turistas que pasan por el pueblo, me acompaña a buscar una habitación y me cuenta de unos vascos con los que estuvo hace unos días. Lleva Manu Chao versionado en árabe en el parlante del celular, y los Redonditos de Ricota que escuchamos camino al cementerio. Desde lo alto se ve una panorámica del pueblo, la ruta, las casitas. Es una constante en el camino, ir de la plaza a las afueras, ida y vuelta, camino a una nueva vista abarcadora. Tomamos una cerveza, y vamos hasta unas habitaciones de piedra reconstruidas por arqueólogos cerca del Camping. El Moro toca el órgano, a veces, con una banda de cumbia. Vino a Cachi con su familia que piensa abrir un bar para aprovechar el auge del turismo. Le gusta el Rubaiyat y dice que se complica conseguir libros en Salta. Le pidieron 120$ por uno sobre la marihuana, que en Buenos Aires debe estar a 40$.

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Etimologías

panchuke = pancho + panqueque

chacarantela = chacarera + tarantela

meta = símil dale. "- ¿Compramos otra? // - Meta."

gua-gua = bebé. De orígen quechua, según el Moro.

[en Tilcara] remiss = remís

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En Cafayate estaba Kali. Fuimos con ella y los chicos de Rosario hasta los Médanos. Dunas enormes en medio de los cerros, como un error. Kali anda en sandalias con una remera roja del Che Guevara, nació en la India y vive en Newcastle, Inglaterrra. Hace un año que viaja por Lationoamérica. En su castellano balbuceante alcanzamos a entender que no trabaja, "solo viajo" dice y se ríe.

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En el micro a Angastaco lo conocí a Rolando, un francés al que me acerqué luego de escuchar su conversación con una señora de la zona. Le preguntaba por el caudal de los ríos y el color de los pastos en un pueblito cercano. Viene todos los veranos, desde hace años. En Angastaco lo saludan por su nombre. Me da los mejores datos para pasar la noche y hacer dedo hasta Molinos.
Lo encuentro sentado en el bar-almacén a la noche. Me siento con él, desde la mesa en la vereda frente a la Iglesia se escucha el concurso de villancicos cantados por chicos y chicas. Cuando le pregunto que hace en Francia, dice que es pastor en un pueblito cerca de la frontera con Suiza. No de Iglesia, de animales. No le creo y se enoja. "Saco y traigo las cabras, y me pagan. Si fueran mías no estaría acá". Viaja por el Cono Sur con lo que junta, se va mientras dura la temporada de lluvias, que parece detestar. Me cuenta de las rutas de Bolivia, y de Azurduy, el pueblo donde todavía se encuentra la casa de Juana Azurduy, líder militar de la Independencia. Se queda callado. Dice que viene a Angastaco a descansar. Pasa unos días en esa mesa, tomando vino, leyendo. Es tan inverosímil, que termino creyéndole.

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En Angastaco, al final, me subí al auto de los alemanes. Paramos en un cartel que dice "Ruta 40". Claus salta del auto con la cámara de fotos. Parece que en Europa es una ruta popular, una especie de emblema turístico-aventurero fogoneado por las guías Lonely-Planet. La ruta más larga del mundo, 4000 kms de 0 a 3000mts de altura. Es el primer cartel de la 40 que encuentra y Claus sospecha que los europeos están arrancándolos para usarlos como decoración de bares y albergues. Debe haber alguno en Palermo, concluímos.

Por la 40

26-12

De Cafayate a Angastaco pasamos con el micro por pueblitos de casas hechas con ladrillos de barro. Algunas tienen pequeñas galerías al frente, con columnas también de barro y techo de caña o paja. La Merced, Los Sauces, Payogastillo. Voy a Cachi, pero el micro no llega hasta allá. Tendría que dar la vuelta por Salta, pero voy a hacer dedo. Dicen que te suben.

27-12

El problema no es que te suban, es que pasen autos. Llegué a la entrada de Angastaco a las 10:40hs. La noche la pasé en el dormitorio del Camping Municipal. 5$, con agua caliente y ningún otro inquilino.
A las 11:30 la ruta seguía vacía. Cuando pasó el primero, empecé a anotar a los modelos, para hacer una lista detallada de lo que parecía una derrota. Una camioneta ford blanca con gente y cargada de paquetes, hizo señas de que no iba lejos. A las 12:40 pasa un cura manejando otra camioneta blanca que dice "Acción Episcopal". Tampoco se aleja del pueblo, pasa y al rato vuelve a tomar el camino a Angastaco. A las 13:00 un auto con turistas, iba lleno. Casi a las 14:00 una perejita se baja en el bar. Van hasta Cachi y me llevan.